Mónica, una mujer chilena que residía en Santiago de Chile, se mudó a una casa de piedra en las montañas de Asturias, España. Relató una anécdota sobre un repartidor que, tras un arduo trayecto, elogió el paisaje.
Mónica, una mujer chilena que residía en la ciudad de Santiago de Chile, tomó la decisión de mudarse a una casa de piedra en las montañas de Asturias, España. La vivienda permaneció deshabitada durante una década.
En una ocasión, Mónica realizó una compra a través de una página web y esperó la entrega en su hogar de montaña. El empleado que transportó el paquete recorrió el sendero para completar la entrega. Tras el trayecto, el repartidor expresó: «Vives en un lugar hermoso».
Mónica explicó que su percepción de la distancia cambió tras su mudanza. En Santiago de Chile, los trayectos diarios requerían casi una hora en medio del tráfico. En Asturias, un viaje de quince minutos en automóvil le permite acceder a los servicios necesarios. «Mi concepto de distancia… yo vivo en Chile, Chile tiene más de 4.400 kilómetros de largo», declaró.
Mónica nació en el norte de Chile, cerca del desierto de Atacama, y vivió más de veinte años en Santiago. Tras la pandemia, decidió dejar su vida anterior. «Dejo todo en Chile, todo. No tenía ninguna necesidad. Lo dejé todo y me puse a viajar», explicó.
Su viaje incluyó paradas en India, Nepal y Bélgica, donde conoció a Sergio, un asturiano que compartía su afinidad por el silencio y la naturaleza. La pareja residió en Lieja, Bélgica, y luego decidió mudarse a Asturias. «La decisión de venirnos acá a Asturias fue unánime», afirmó Mónica.
La casa de los antepasados de Sergio, con muros de piedra y vigas de madera, presentaba deterioro por la humedad. La pareja la rehabilitó durante meses, pintando paredes, lijando escaleras y decorando con elementos del bosque cercano.
Mónica ahora cuida de quince cabras y colabora en labores agrícolas. «Siento mucha paz dentro de mí y fuera de este lugar. Siento la satisfacción de atreverme a reconstruir una casa que estaba totalmente abandonada, la satisfacción que siento de criar animales y que es posible de hacer», confesó.
El primer contacto con animales de gran tamaño le causó temor. En una ocasión, debió enfrentar a un toro de una tonelada. «Cuando empiezo a ver esa bestia; yo te juro, ¿sabes?, que me paralicé», admitió. Con la confianza de Sergio, superó sus miedos.
Su madre, en Chile, inicialmente pensó que el traslado era un retroceso. «Al principio le chocó, pensó que como que había un retroceso en mi vida», señaló. Tras visitar el pueblo, cambió de opinión. «Ahora está feliz. Cada vez que hablamos por teléfono me dice: ‘Disfruta ese lugar que están tranquilos los árboles'», añadió.
Mónica expresó que el lugar invita a la introspección: «Este lugar además te invita a eso, a escucharte mucho, a estar en silencio, a estar contigo».
