El 5 de agosto de 1938, Viernes Scardulla denunció el robo de 100 kilos de oro y 33 de piedras preciosas que atribuyó al virrey Rafael de Sobremonte. La investigación policial reveló que el tesoro era falso y que Scardulla había fabricado los cofres. La historia incluye un dato documentado: parte del tesoro real de Sobremonte quedó enterrado en 1806 y nunca fue recuperado.
El 5 de agosto de 1938, un hombre se presentó en la División Defraudaciones y Estafas de la Policía de Buenos Aires. Vestía sobretodo gris con las solapas levantadas y un sombrero de ala ancha. Dijo llamarse Viernes Scardulla y denunció el robo de 100 kilos de oro y 33 de piedras preciosas, un tesoro que, según su relato, había pertenecido al virrey Rafael de Sobremonte y había sido escondido más de 100 años antes, durante la huida de los funcionarios virreinales ante los ingleses.
Scardulla declaró que tres años antes había encontrado tres cofres bajo el lecho del arroyo Las Garzas, cerca de Pergamino. Junto a su cuñado los había sacado del agua, pero no había podido abrirlos. El miedo a una maldición ligada a Pancho Sierra, el curandero de la zona de Rojas del que Scardulla se consideraba heredero espiritual, lo había llevado a enterrarlos sin abrir bajo la cama de su suegra.
Un funcionario de apellido Monti, del Senado de la Nación, se ofreció a gestionar el trámite. En su despacho abrieron los cofres. Había lingotes, monedas y piedras preciosas. Le prometieron 380.000 pesos y le entregaron una libreta del Banco de Galicia como constancia, junto con un adelanto de 22.000 pesos. La firma presidencial nunca llegó y Monti desapareció con los cofres.
La policía encontró a Monti, pero este no existía: detrás de ese nombre estaba Luis Valdivieso, un estafador chileno con prontuario extenso. Dos días después de su detención, Valdivieso se arrojó desde el segundo piso del Departamento Central de Policía y murió horas más tarde. La noticia se difundió durante casi una semana en diarios como Crítica, hubo debate en el Congreso y excavaciones. Scardulla se convirtió en un personaje querible para la opinión pública.
En ese contexto, los historiadores desmintieron a Scardulla: el tesoro de Sobremonte había sido enviado a Londres en 1806 y no podía estar en Pergamino. Sin embargo, investigaciones posteriores documentaron que parte del tesoro real quedó enterrado. Según el historiador Matías Dib, en 1806 Sobremonte ordenó evacuar el tesoro real. Cuando el inglés Beresford exigió la devolución de los caudales, el virrey ordenó volver las carretas del Rey y de la Compañía de Filipinas, pero dejó una parte a cargo del alcalde de Luján, Manuel de la Piedra, con la orden escrita de que siguiera escondida.
Los ingleses enviaron 30 soldados a buscarla. De la Piedra avisó a tiempo y sus hombres enterraron barras y cajones en la Cañada de los Leones, junto al nacimiento del río Luján, en el partido de Suipacha, a 130 kilómetros de la Capital. Los ingleses encontraron las huellas dos días después y desenterraron 75 barras de plata y 36 cajones. Quedaron 29 barras y 6 cajones sin desenterrar, según reconstruyó el investigador del Archivo General de la Nación Gustavo Fabián Alonso en la Revista Histopía (agosto de 2023).
Otra columna huyó hacia Córdoba con ocho carretas al mando del alférez Fulgencio Azpiazu. Perseguido, Azpiazu enterró 13 barras en la Cañada de Giles y siguió viaje. Cuando volvió, 11 barras habían sido robadas. Esa parte del tesoro bajó por el Paraná hasta el puerto de Zárate. Las otras dos carretas de esa columna quedaron en manos de los ingleses. El grueso del botín cruzó el océano en la fragata Narcissus.
A Scardulla la desmentida lo dejó sin salida. Un herrero de Venado Tuerto, Pedro Bonfanto, declaró ante la policía que Scardulla le había encargado, un par de años antes, fabricar unos cofres que parecieran antiguos, rellenarlos con hierros viejos y soldarlos para que no pudieran abrirse. El 10 de agosto, el diario santafesino El Orden tituló en tapa: «El hallazgo del tesoro fue solo una farsa».
Scardulla confesó que había armado todo «a causa de un grave apremio económico familiar». Con el cuento del tesoro había obtenido dinero de al menos cuatro personas, entre ellas su propia suegra, por un total superior a los 100.000 pesos de la época. Se cree que denunciar a Valdivieso fue una manera de sacárselo de encima, ya que el chileno lo perseguía por una deuda real. Fue condenado a prisión por falsa denuncia y falso testimonio.
Luego se instaló en San Luis bajo el nombre falso de Juan Herrera. Abrió un consultorio donde ejercía de curandero. Murió en San Luis en 1977, a los 74 años. Décadas antes, cuando se emborrachaba, solía decir: «Lamento no haber hecho más lindo el cuento del tesoro».
En los campos de la cuenca de los ríos Areco y Arrecifes todavía circula el recuerdo de familias que cavaron sus tierras buscando el tesoro del virrey. Nadie probó que las barras faltantes hayan llegado tan al sur, pero en 1806 un puñado de soldados enterró un tesoro y se fue sin desenterrarlo entero.
