El relato de un viajero argentino que recorrió Marruecos, Túnez y Egipto entre 2000 y 2001, y luego Nápoles, donde fue identificado por su nacionalidad y la figura de Diego Maradona.
Entre diciembre de 2000 y febrero de 2001, el autor de esta crónica recorrió una porción del norte de África: Marruecos, Túnez y Egipto. En Egipto permaneció veinte días, dieciséis de ellos en El Cairo. Una mañana, se trasladó hasta la meseta de Guiza en un auto particular que alquiló sin presentar licencia de conducir ni tarjeta de crédito. En las puertas del ingreso al parque arqueológico, varios jóvenes le ofrecieron pasear en camello entre las pirámides. La insistencia de uno de ellos lo decidió. Al preguntarle de dónde era, el joven respondió: «¡Argentina, Maradona!».
Desde El Cairo, el viajero tomó un vuelo comercial que arribó al aeropuerto de Capodichino, en Nápoles, por la noche. Allí recurrió a un taxi. El conductor, de suéter azul deslucido, barba espesa y lentes de lectura, hablaba sin pausa. Al conocer el origen del pasajero, preguntó: «¿De Buenos Aires? ¿Lo conocés a Diego, no? Digo: ¿lo viste? ¿Hablaste con él, verdad? ¿Cómo es en el trato personal?». El viajero intentó explicarle que Buenos Aires es una ciudad inmensa y que Maradona es una estrella planetaria poco accesible. Al llegar al alojamiento, el taxista se negó a cobrarle.
Tres días después, el viajero se reunió con un amigo para continuar el recorrido. Esa noche lo invitó a cenar en una pizzería que había descubierto el día anterior. Pasada la medianoche, ambos se adentraron en un callejón oscuro y serpenteante, donde fueron abordados por tres jóvenes de no más de veinte años. Uno blandía un cuchillo de mango negro; otro afirmaba llevar un arma de fuego que usaría de ser necesario. Los asaltantes se encontraban bajo los efectos de alguna sustancia. Al escuchar hablar a las víctimas, comprendieron que eran argentinos. Los tres se miraron, balbucearon palabras ininteligibles y les indicaron que siguieran su camino, pero no por ese callejón, que era peligroso. Los acompañaron unos metros, les señalaron por qué calle continuar y se despidieron. Uno de ellos desabotonó su campera y exhibió una camiseta del Napoli.
