La firma Grantham Mayo Van Otterloo & Co., a través de su gestora Tina Vandersteel, compró bonos venezolanos cuando el mercado estaba paralizado por el default y las sanciones. Ocho años después, la estrategia generó una rentabilidad del 22% en 2025, impulsada por la captura de Nicolás Maduro y el conflicto con Irán.
Cuando Venezuela entró en default a fines de 2017 y el mercado de sus bonos se paralizó, la mayoría de los inversores abandonó el país. Sin embargo, la gestora de Boston Grantham Mayo Van Otterloo & Co. (GMO), liderada por Tina Vandersteel, compró deuda venezolana a precios de remate. Ocho años después, el fondo GMO Emerging Country Debt Fund posee una parte significativa de esa deuda, según declaraciones de Vandersteel a Bloomberg.
“Tengo todos los bonos”, afirmó Vandersteel en una entrevista realizada este mes. “Si eres el fondo distressed XYZ y quieres empezar ahora, no tienes nada”.
El cambio de posición —de ser una de las pocas compradoras dispuestas a entrar a convertirse en creadora de mercado en una de las operaciones de deuda soberana más complejas del mundo— ayudó a que el fondo registrara la rentabilidad ajustada por riesgo más alta entre los fondos globales de deuda soberana desde el inicio de la guerra con Irán, según datos de Bloomberg.
Vandersteel gestiona alrededor de 9.500 millones de dólares y lleva décadas invirtiendo en mercados emergentes. Se incorporó a GMO en 2004 procedente de JPMorgan Chase & Co., donde había comenzado en 1990. Hoy también ve oportunidades de trading en Medio Oriente, especialmente en deuda israelí.
La apuesta por Venezuela se construyó durante años acumulando bonos del país a precios de remate, bajo la convicción de que las enormes reservas petroleras terminarían devolviéndoles valor. La guerra con Irán, iniciada a fines de febrero, incrementó el atractivo de Venezuela para el mercado petrolero. “Solo había que esperar”, señaló Vandersteel. “Algún día extraerán petróleo y pagarán a los tenedores de bonos”.
La operación se remonta al default de Venezuela a fines de 2017, después de que el endurecimiento de las sanciones estadounidenses y el colapso de la producción petrolera hundieran el precio de los bonos. Las restricciones de Washington para operar deuda venezolana dejaron a muchos inversores sin posibilidad de comprar o vender. “Trabajamos con el Tesoro para que levantaran esas restricciones”, afirmó Vandersteel. Washington finalmente alivió parte de las restricciones, lo que contribuyó a que los precios de los bonos venezolanos se recuperaran hasta situarse en unos ocho o nueve centavos por dólar. Muchos inversores liquidaron posiciones, y Vandersteel fue una de las únicas compradoras.
“Cuanto más bajo el precio, más compro”, agregó. “Después de un tiempo, a estos precios extremadamente bajos, había acumulado algo así como 1.000 millones de dólares en valor nominal de bonos venezolanos”. A fines de 2025, Vandersteel tenía cerca del 4% de su fondo invertido en bonos soberanos venezolanos y deuda emitida por empresas estatales, frente al 1% del índice de referencia.
El gran momento llegó en enero, cuando Donald Trump capturó al presidente Nicolás Maduro en una operación militar, alimentando las especulaciones de que Venezuela podría normalizar relaciones con Washington y reabrir su sector petrolero. Los precios de los bonos saltaron hasta cerca de 40 centavos. “Ahora el incentivo para que ExxonMobil, Chevron o cualquiera se anime con Venezuela aumentó materialmente”, sostuvo Vandersteel.
Vandersteel obtuvo ganancias al vender parte de los bonos. Tras más de tres décadas invirtiendo en mercados de deuda, calificó la operación como el tipo de oportunidad que aparece “dos, quizás tres veces en tu carrera”. El fondo registró una rentabilidad del 22% el año pasado, superando el 14% del índice de referencia. En un período de tres años ganó más del 17%, frente al 9,5% del benchmark.
Vandersteel ve ahora otra oportunidad geopolítica en Medio Oriente. Afirma que uno de los riesgos más subestimados está en la deuda del Consejo de Cooperación del Golfo, cuyos spreads frente a las tasas overnight indexadas al dólar siguen demasiado ajustados pese al conflicto con Irán, especialmente en países como Catar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Arabia Saudita. Israel, en su opinión, es el único mercado de la región que incorpora una prima de guerra significativa. Vandersteel está comprando tanto bonos israelíes en dólares como credit default swaps (CDS), derivados que aseguran contra un incumplimiento, generando ingresos mediante los bonos y usando parte de esos retornos para financiar la cobertura.
Su enfoque de inversión se basa en lo que define como “certeza”. En lugar de intentar predecir variables como inflación, petróleo o tasas de interés —“tratamos de evitarlas como a la peste”— su equipo se concentra en valor relativo de duración, tomando posiciones largas en bonos de algunos países y cortas en otros, manteniendo neutral la exposición total. “No quiero que me golpeen los vaivenes del mercado”, concluyó.
