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El científico que estudia los secretos de la mente analiza la inteligencia colectiva: “Tenemos intuiciones equivocadas de cómo funcionamos”

Joaquín Navajas, director del Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Torcuato Di Tella, explica cómo el desacuerdo puede mejorar las decisiones grupales y por qué la polarización no siempre es negativa.

La historia de Joaquín tiene esa marca del que no se queda quieto. Aunque hoy dirige el Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Torcuato Di Tella, su punto de partida fue la física. Creció en una familia de académicos —padres economistas— donde los papers eran parte del paisaje cotidiano, pero él buscaba un lenguaje propio para entender la realidad. Esa búsqueda lo llevó a un camino de transformación constante. No se define simplemente por lo que estudió a los 20 años; para él, la identidad académica es algo mucho más dinámico, y vivió un quiebre que lo llevó de las leyes de la termodinámica a los misterios de la toma de decisiones.

—¿Cómo fue ese salto de la física a estudiar el comportamiento humano?

—Estudié física sabiendo que no quería hacer investigación dura en esa área, pero me dio una mirada del mundo: tomar problemas difíciles, simplificarlos a sus expresiones más básicas y modelarlos matemáticamente para hacer predicciones. Hacia el final de la carrera, descubrí la neurociencia y la psicología experimental. Me di cuenta de que la mente se podía estudiar científicamente, algo que yo creía reservado a las humanidades. Ahí conocí a mi mentor, Mariano Sigman, y me metí en su laboratorio, que hoy es el que me toca dirigir en la Di Tella.

Para Joaquín, este recorrido lo convirtió en lo que él define como un “nómade intelectual”. No se siente cómodo con una sola etiqueta; ha publicado trabajos en revistas de filosofía, ingeniería, biología y física. “El título de grado no te define el resto de tu vida”, asegura con la convicción de quien reinventó su identidad académica. Esa misma inquietud lo llevó a crear la Licenciatura en Ciencias del Comportamiento en la Di Tella, un proyecto que describe como un “hijo académico” diseñado desde una hoja en blanco.

—¿Qué le dirías hoy a ese pibe que empezó con toda la ilusión y hoy es la cabeza del equipo?

—En la academia la estructura es bastante piramidal y parece algo imposible de trepar. Pero si uno hace lo que le apasiona, seguro va a seguir subiendo. Una cosa que siempre me reconocieron es que yo empiezo las cosas y las termino. Creo que es una cualidad muy importante hoy en día, porque tenemos un span atencional tan corto que abrimos proyectos que nos encantan y después no cerramos los anteriores. Lograr cerrar esas “pestañas” que abrimos es una habilidad que creo esencial hoy.

—¿Y cómo ves a los chicos que hoy están arrancando en tu laboratorio?

—Veo que tienen una ambición muy grande y están muy preocupados por crear un mundo mejor en un contexto cada vez más complejo. Yo soy un optimista de la gente. Creo que a las herramientas a las que hoy les tenemos miedo les vamos a encontrar la vuelta para sacar lo mejor de ellas.

Vancouver es, sin duda, una de las urbes más hermosas de Canadá. Con un paisaje natural que combina montañas nevadas y océano, este año el pulso local late con una intensidad especial: además de prepararse para recibir el Mundial 2026, fue la sede donde las ideas más transformadoras del mundo se dieron cita para intentar entender hacia dónde vamos. Con el icónico Vancouver Convention Centre detrás, Joaquín Navajas empezó la entrevista contando que lidiaba con un poco de jet lag (los culpables: un viaje largo y 4 horas de diferencia) pero que la adrenalina de estar ahí lo mantenía a flote.

Joaquín no aterrizó en Canadá por casualidad; llegó como el abanderado de una iniciativa que puso a Buenos Aires en el mapa de los puntos líderes en ideas con impacto global, siendo la única ciudad representante de habla hispana en esta búsqueda de TED. Investigador, docente de la Di Tella y dueño de una trayectoria que cruza la física dura con la psicología experimental, Navajas no solo representó a TEDxRíodelaPlata, sino a una forma muy nuestra de ver el mundo: una que no le tiene miedo al desacuerdo.

Entre recomendaciones de paseos en bici por el Stanley Park para bajar la tensión y los nervios de su primer viaje largo sin sus hijos, Joaquín se preparó para subir a escena y desafiar la visión sobre la polarización y la convivencia. Su charla no fue solo un experimento científico; resultó una invitación a repensar cómo habitamos nuestras democracias.

La charla que Joaquín presentó en el escenario principal de Vancouver parte de una premisa que vincula la ciencia del comportamiento con la literatura argentina. Tomó como punto de partida a Jorge Luis Borges, quien en su momento desconfió de la democracia bajo una lógica que parece impecable: si no confiaríamos en una votación para resolver un problema matemático complejo, ¿por qué asumimos que sí podemos hacerlo cuando se trata de decisiones políticas? A partir de ese interrogante, Navajas exploró la “sabiduría colectiva”, una idea que sugiere que, bajo ciertas condiciones, un grupo puede ser más inteligente que los individuos que lo integran.

—Tu tesis sostiene que el desacuerdo puede mejorar las decisiones. ¿Cómo es que la polarización termina siendo algo positivo?

—La idea es que, si separamos la violencia política del desacuerdo constructivo, la diversidad de opiniones puede enriquecer el proceso de toma de decisiones. Cuando un grupo discute y expone puntos de vista distintos, se reducen los sesgos individuales y se alcanzan conclusiones más robustas. La polarización no es mala en sí misma; lo malo es cuando impide el diálogo.

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