El libro Liderazgo de Henry Kissinger repasa cómo Margaret Thatcher aceptó en 1984 la devolución de Hong Kong a China, dos años después de la Guerra de Malvinas. El texto compara las diferencias de poder en cada negociación y plantea lecciones para la Argentina.
La misma Margaret Thatcher que envió una flota al Atlántico Sur en 1982 aceptó, dos años después, devolver Hong Kong a China. Su convicción sobre los intereses británicos seguía intacta. Lo que cambiaba era el poder de quien tenía enfrente. Para la Argentina, esa diferencia debería constituir una materia de estudio permanente.
En Liderazgo, Henry Kissinger examina las negociaciones sobre Hong Kong al analizar la trayectoria de Thatcher. El episodio muestra los límites que la realidad impone incluso a los líderes más decididos. La primera ministra pretendía preservar la posición británica; China estaba resuelta a recuperar el territorio. Kissinger, como interlocutor informal, le advirtió sobre una circunstancia insoslayable: Beijing podía tomar Hong Kong por la fuerza y Londres carecía de una respuesta militar eficaz para impedirlo.
La soberanía y las condiciones para ejercerla
La isla de Hong Kong había sido cedida a Gran Bretaña a perpetuidad en 1842, después de la primera Guerra del Opio. Una parte de Kowloon quedó bajo una cesión semejante en 1860. Los Nuevos Territorios, en cambio, estaban sujetos a un arrendamiento de 99 años que vencía en 1997. Londres invocaba esa distinción para defender sus títulos sobre una parte del territorio. La integración económica y geográfica del conjunto volvía extraordinariamente difícil conservarla sin los territorios arrendados.
La política china había mantenido, desde la etapa de Zhou Enlai, una continuidad fundamental: sostener el reclamo y administrar los tiempos hasta encontrar condiciones favorables para resolverlo. La negociación decisiva correspondió a Deng Xiaoping, quien convirtió esa persistencia en una posición concreta: China recuperaría todo Hong Kong; podían discutirse la transición y su organización futura, pero la soberanía quedaba fuera del intercambio.
Thatcher procuró conservar la administración británica aun si aceptaba reconocer la soberanía china. Deng rechazó esa separación. Una restitución que dejara el gobierno efectivo en manos de Londres prolongaría, bajo otra fórmula, la situación que China pretendía terminar.
La advertencia sobre una eventual salida unilateral tenía detrás una relación de fuerzas evidente. Un enfrentamiento local favorecería abrumadoramente a China. La posibilidad de recurrir a la fuerza pesaba sobre una negociación cuyo desenlace Beijing prefería alcanzar por acuerdo. Thatcher debió ajustar su posición a esa realidad.
China distaba de ser la potencia económica actual. Sus reformas apenas comenzaban a desplegarse. Pero ya reunía dimensión política, capacidad militar y una perspectiva de transformación que Gran Bretaña debía considerar.
El acuerdo de 1984 estableció la restitución de todo Hong Kong el 1° de julio de 1997. Bajo la fórmula de “un país, dos sistemas”, se comprometió un alto grado de autonomía y la preservación de su sistema económico, sus derechos y su modo de vida durante 50 años. La región quedaría bajo la autoridad del gobierno central chino, responsable de la defensa y las relaciones exteriores. Beijing aceptó garantías amplias para la población dentro de su soberanía. La autodeterminación de los habitantes fue definida desde Londres.
La tarea que empieza en el continente
Hong Kong y Malvinas presentan diferencias jurídicas, geográficas y estratégicas. En el Atlántico Sur no existe un arrendamiento próximo a vencer aunque sí la dependencia continental que condicionaba a Hong Kong y que Londres intenta reducir mediante relaciones comerciales, logísticas y estratégicas con nuestros vecinos. Ese entramado obliga a pensar una respuesta argentina de alcance equivalente.
La primera tarea comienza en el continente. Necesitamos una economía capaz de crecer de manera sostenida, instituciones confiables, educación, ciencia, tecnología e infraestructura. Un país que ofrezca oportunidades de asociación y pueda mantener compromisos a través de sucesivos gobiernos. La relevancia internacional se construye acumulando esas capacidades.
La integración energética, productiva y logística puede convertir a la Argentina en un socio cada vez más valioso. Esa es una herramienta concreta para que el respaldo diplomático a nuestros derechos encuentre condiciones de traducirse en decisiones.
El instrumento militar es parte de esa construcción. Una estrategia diplomática necesita capacidades que protejan los intereses nacionales, sostengan nuestra presencia y otorguen credibilidad a las decisiones del Estado. Disuadir requiere personal capacitado, medios, entrenamiento, logística y continuidad presupuestaria. Su eficacia depende de que pueda operar y sostenerse.
El mandato constitucional de recuperar Malvinas exige una política nacional perseverante. Desarrollo, diplomacia y capacidad militar deben responder a una misma conducción estratégica.
La enseñanza de Hong Kong comienza allí: China sostuvo su objetivo mientras construía las condiciones para alcanzarlo. Argentina debe asumir una tarea semejante, adecuada a su realidad y a sus medios.
Nuestros fundamentos históricos y jurídicos son el punto de partida. La recuperación de Malvinas empieza por construir una Argentina que el Reino Unido ya no pueda permitirse ignorar.
