Un hombre de Argentina relató que no lloró en el funeral de su padre, pero sí lo hizo un mes después, cuando marcó su número por costumbre y dejó sonar el teléfono. El episodio ocurrió a partir de una pérdida de agua en la cocina.
Un hombre, cuya identidad no fue revelada, relató que no lloró durante el funeral de su padre, ocurrido aproximadamente un año y medio antes. Durante la ceremonia, mientras su madre, hermanas, tíos y otros familiares lloraban, él permaneció con los ojos secos. Intentó provocar el llanto, pero no pudo y sintió que observaba la ceremonia desde afuera.
Después del funeral, sus familiares expresaron preocupación por su reacción. Su hermana le preguntó si estaba bien y su madre lo observaba durante el almuerzo, como esperando que apareciera la emoción. Él respondió que estaba bien y pensó que quizá procesaba la pérdida de una manera diferente.
Un mes después, el hombre se encontraba en su cocina, donde un grifo llevaba aproximadamente una semana goteando. No era una emergencia, pero era el tipo de problema que habría consultado con su padre cualquier martes por la tarde. Tomó el teléfono y marcó su número casi automáticamente, antes de recordar que ya no podía atenderlo.
El teléfono comenzó a sonar. Una vez, después otra y otra. Durante años, ese sonido había precedido la voz de su padre, que acostumbraba responder rápidamente. Esta vez no había nadie del otro lado. El hombre no cortó la llamada y dejó que continuara. Las lágrimas aparecieron de manera repentina. Permaneció en la cocina, sosteniendo el teléfono y llorando por primera vez desde la muerte de su padre.
El hombre todavía conserva objetos de su padre: un reloj en la mesa de luz, herramientas en el garaje y una campera en el armario. Sin embargo, ninguno de esos objetos provocaba la misma reacción que el número telefónico. La diferencia, según su relato, es que esos objetos estaban allí, mientras que el teléfono representaba una acción repetida cientos de veces: llamar. Podía consultarle por una canilla, un ruido extraño del auto, un problema con la calefacción o cualquier otra cuestión cotidiana.
Su padre atendía, escuchaba el problema y lo guiaba paso a paso hasta encontrar una solución. No era especialmente sentimental ni escribía cartas, pero demostraba su cariño estando disponible cada vez que su hijo lo necesitaba.
La neurocientífica Mary-Frances O’Connor, de la Universidad de Arizona, explicó que el cerebro construye mapas sobre las personas que queremos y genera expectativas a partir de los patrones cotidianos. Durante años, el hombre había llamado a su padre y había recibido una respuesta. Una ceremonia podía comunicar racionalmente que había muerto, pero una sola experiencia no necesariamente modifica de inmediato las expectativas construidas durante tanto tiempo. En aquel llamado, el cerebro todavía esperaba que alguien atendiera y la ausencia apareció en el momento en que esa expectativa quedó frustrada. Para él, el funeral representó la muerte; el teléfono le mostró la ausencia.
Actualmente, su madre todavía no desconectó el número. Él le pidió que no lo hiciera. A veces lo llama, algunas veces llora y otras se ríe imaginando qué habría respondido su padre. En ocasiones simplemente deja sonar el teléfono y escucha el sonido que alguna vez anunciaba su voz.
