El Parlamento turco aprobó el 10 de agosto una ley de amnistía parcial que beneficia a activistas kurdos encarcelados y permite el retorno de militantes del PKK acusados de delitos menores. La medida se enmarca en un proceso de paz que busca poner fin a un conflicto armado que ha dejado cerca de 50.000 muertos desde 1978.
DYARBAKIR, Turquía.– El centro histórico de Dyarbakir, la capital oficiosa del Kurdistán turco, ya no lo parece. Varios de sus barrios son ahora solares o casas nuevas, todas iguales. Es la consecuencia de la guerra urbana que tuvo lugar en 2015 entre las fuerzas de seguridad turcas y los militantes o simpatizantes del PKK, la guerrilla liderada por Abdullah Ocalan que aspiraba a conseguir la soberanía del Kurdistán.
Sin embargo, desde hace más de un año, cuando el PKK anunció su disolución con el fin de abrir un proceso de paz, en toda la región kurda se respira un ambiente más tranquilo. “El asedio del casco antiguo duró dos años. Fue muy violento”, comenta Akiut, mientras muestra en su móvil videos de las batallas de aquel periodo. “Ahora ya se acabó. Esperemos que empiecen a venir turistas”, añade este joven que planea abrir próximamente un restaurante italiano.
La mayoría de kurdos afronta con una sensación de alivio y una actitud de cautela el posible fin de un conflicto armado que se ha cobrado cerca de 50.000 vidas desde la creación del PKK en 1978. Esta prudencia deriva sobre todo del recuerdo del fracaso de otra negociación en 2015 que desembocó en un recrudecimiento de la violencia.
“Muchos creen que [el presidente, Recep Tayyip] Erdogan solo está interesado en promover el proceso de paz para ganarse el voto kurdo para poder ganar las próximas elecciones presidenciales”, sostiene el analista turco Umut Ozkirimli.
Además, el nacionalismo kurdo encara el inicio del proceso desde una posición de debilidad que le ha llevado a renunciar no solo a la independencia, sino incluso a la demanda de un régimen autonómico dentro de Turquía. “Creo que no hay vuelta atrás a la lucha armada. El movimiento nacionalista kurdo ha llegado a la conclusión que la violencia era una calle sin salida y puede conseguir sus derechos a través de la vía política”, sostiene Reha Ruhavioglu, director del Centro de Estudios Kurdos.
A menudo, se define al pueblo kurdo como la nación sin Estado más grande del mundo. Habitado por unos 30 millones de personas, el Kurdistán está dividido entre cuatro Estados: Irán, Siria, Irak y Turquía. En este último, viven aproximadamente la mitad de los kurdos, pero es en Irak donde gozan de más derechos en el marco de un sistema federal.
Promesa incumplida
Muy apegados a su lengua y su cultura, la comunidad internacional no cumplió su promesa hecha al final de la I Guerra Mundial, y plasmada en el Tratado de Sevres, de concederles un Estado. Desde entonces, ha habido incontables revueltas kurdas en el corazón de Medio Oriente.
De momento, el proceso de paz ya ha traído un rédito: la aprobación el pasado 10 de agosto de una amnistía parcial en el Parlamento turco. En teoría, la ley permitirá tanto la liberación de los activistas kurdos encarcelados, muchos de ellos miembros o dirigentes del partido pro-Kurdo DEM, como el retorno de los militantes del PKK acusados de delitos menores y basados en otros países (el cuartel general de la milicia está en la frontera con Irak).
De momento, no existe una cifra oficial de cuántas personas se podrían beneficiar de la medida, pero se estima que serían varios millares. Un asunto que de momento se ha pospuesto es algún tipo de medida de gracia hacia Ocalan, el líder fundador del movimiento, condenado a cadena perpetua tras su captura en 1998.
Ante el rechazo categórico de Ankara a discutir un sistema autonómico, los dirigentes apuestan por integrarse en la vida política turca, y negociar un reconocimiento de los derechos culturales kurdos. La empresa no se antoja fácil habida cuenta de la marcada deriva autoritaria de Turquía, un país con decenas de presos políticos, incluido el líder oficioso de la oposición, el ex alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu.
Al otro lado de la frontera, en Siria, discurre un proceso de reconciliación parecido, pero en una fase más avanzada. Ahora bien, entre muchos kurdos de Siria existe una clara sensación de pérdida, pues gozaron de un ente semi-independiente durante una quincena de años conocido como Rojava. Su experimento colapsó a principios de año, cuando Washington les retiró su apoyo y las tropas de Damasco lanzaron una rápida y exitosa ofensiva militar.
La milicia pro-kurda de las Fuerzas Democráticas Sirias, vinculadas al PKK, y las instituciones políticas de la región se vieron obligadas a disolverse e integrarse en el Estado sirio a cambio de un reconocimiento de sus derechos culturales, incluida la consideración del kurdo como lengua oficial. No obstante, de momento, este estatuto es más simbólico que real.
Tampoco parece que la ambición de soberanía kurda tenga más visos de realizarse en Irán. Al inicio de la actual guerra en Irán, Donald Trump flirteó con la idea de armar a las milicias kurdo-iraníes basadas en Irak y utilizarlas como infantería, pero la idea no prosperó. De hecho, el régimen de los ayatollahs ha resultado ser más fuerte de lo esperado.
Por último, en Irak, la tendencia es que, con un gobierno de Bagdad reforzado, se va laminando la autonomía kurda. Lejos queda la esperanza que desató la ola de cambios en Medio Oriente en 2011. Los sueños kurdos de soberanía, una vez más, deberán esperar.
