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Peregrinación a Luján: 60 kilómetros a pie desde Liniers hasta la basílica

Como cada primer sábado de octubre, cientos de miles de personas caminan los 60 kilómetros que separan Liniers de la basílica de Luján. La peregrinación, que combina fe y esfuerzo físico, se realiza desde la mañana y muchos llegan de madrugada.

Como cada primer sábado de octubre, cientos de miles de personas caminan los 60 kilómetros que separan Liniers de la basílica de Luján. La peregrinación comienza por la mañana, atraviesa el conurbano y muchos peregrinos llegan de madrugada a la basílica, donde se encuentra una imagen de la virgen.

El autor de la nota original, un judío poco practicante, aclara que la fe católica le resulta ajena y que observa la peregrinación con respeto. Señala que lo que le atrapa de esa marea humana excede a cualquier religión.

En el contexto actual, el autor sostiene que vivimos en una época que declaró la guerra al esfuerzo, con tecnologías que buscan ahorrar pasos, y que la peregrinación representa lo contrario: un esfuerzo físico de 60 kilómetros que nadie pide y que no otorga puntos ni millas.

El texto menciona que los caminantes llevan el celular, se filman, comparten la ubicación y avisan por el grupo que ya pasaron Moreno. La tecnología viaja con ellos, pero no puede hacer nada en lo esencial, porque la caminata carece de versión comprimida. Los algoritmos funcionan resumiendo, y un ritual solo funciona a velocidad humana, paso por paso, hora tras hora, con las ampollas incluidas.

Se cita al filósofo Byung-Chul Han, quien escribió que los rituales se están extinguiendo en la cultura digital y que eso deja a las personas a la intemperie. Según Han, los rituales son al tiempo lo que una casa al espacio, una estructura donde habitar. La pantalla entrega un presente continuo sin estaciones, donde todos los días se parecen. La peregrinación conserva lo que el scroll disolvió: una fecha que corta el año, un esfuerzo que se espera, una llegada que se gana.

El autor también menciona su propia tradición: una vez al año, en Iom Kipur, millones de judíos dejan de comer durante un día entero, y hasta los menos practicantes sienten el llamado de esa pausa. El cuerpo puesto como ofrenda atraviesa todas las culturas, cada una con su forma, porque durante miles de años se entendió algo que la época del delivery está haciendo olvidar: hay cosas que valen precisamente por lo que cuestan.

Un ingeniero de Silicon Valley miraría la caminata a Luján y vería un problema de logística resuelto de manera espantosa, 60 kilómetros que un tren cubre en una hora. El peregrino sabe algo que el ingeniero no computa: llegar era lo de menos. Nadie camina a Luján para estar en Luján, camina para haber caminado, y esa diferencia contiene una sabiduría que ninguna optimización alcanza.

Este sábado el autor verá pasar de nuevo a familias enteras, pibes con la camiseta de la selección, señoras con termos, y sentirá la misma envidia buena de siempre, la del que mira desde afuera un rito que no le pertenece y entiende igual su fuerza. En un año en que las máquinas aprendieron a hacer casi todo, se pregunta qué caminata guarda cada uno, cuál es ese esfuerzo propio que no delegaría jamás. Los que van a Luján ya tienen la respuesta y la renuevan a pie todos los octubres. A los demás les toca encontrarla antes de que el sillón conteste por nosotros.

Autor y divulgador. Especialista en tecnologías emergentes.

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