Un análisis de estudios científicos sobre la relación entre el desorden en los espacios personales y ciertos rasgos de personalidad, sin afirmar que el desorden determine la irresponsabilidad o la falta de rutina.
La relación entre el desorden en una habitación y la personalidad de quien la habita ha sido objeto de estudio científico. Investigaciones publicadas en revistas académicas han analizado si los espacios personales pueden revelar información sobre sus ocupantes, aunque los resultados no respaldan una conclusión determinante.
El psicólogo Sam Gosling, de la Universidad de Texas en Austin, estudió las huellas que las personas dejan en los lugares que ocupan. En un estudio publicado en 2002 en el Journal of Personality and Social Psychology, Gosling y sus colegas compararon las evaluaciones de observadores que no conocían a los ocupantes de oficinas y dormitorios con las autodescripciones de los ocupantes y las de personas cercanas. Los resultados mostraron que algunas impresiones basadas en los espacios tenían cierto grado de precisión, pero también que los observadores podían equivocarse y recurrir a estereotipos, por ejemplo, relacionados con el sexo y la raza.
Otro estudio, publicado en 2013 en Psychological Science por Kathleen Vohs, Joseph Redden y Ryan Rahinel, de la Universidad de Minnesota, analizó cómo los ambientes ordenados y desordenados podían influir temporalmente en las decisiones de las personas. En un primer experimento, los participantes en una habitación ordenada eligieron alimentos más saludables y donaron más dinero que quienes estaban en una habitación desordenada. En un segundo experimento, los participantes en una habitación desordenada propusieron ideas para usar pelotas de ping-pong que evaluadores independientes calificaron como más creativas que las de quienes estaban en un espacio ordenado. En un tercer experimento, quienes estaban en ambientes ordenados prefirieron productos descritos como “clásicos”, mientras que quienes estaban en ambientes desordenados mostraron preferencia por una alternativa presentada como “nueva”. Los autores interpretaron que los ambientes ordenados pueden favorecer comportamientos más convencionales, mientras que los desordenados pueden estimular la búsqueda de alternativas menos tradicionales.
Estos hallazgos indican que el desorden no permite determinar por sí solo que una persona sea irresponsable, perezosa o incapaz de mantener una rutina. Los estudios examinan el efecto del ambiente en tareas específicas, no la personalidad de quienes habitualmente dejan su habitación desordenada.
