El médico Aaron Antonovsky propuso un modelo que indaga por qué algunas personas se mantienen sanas pese a la adversidad, en lugar de centrarse en las causas de la enfermedad.
La medicina moderna se organizó históricamente en torno al estudio de la enfermedad. Sus categorías, métodos e instituciones se centran en lo que falla: el órgano dañado, el agente patógeno o la función perdida. Esta lógica responde a que son los enfermos quienes consultan, sufren o mueren. Sin embargo, dejó de lado una pregunta: ¿por qué la mayoría de las personas, expuestas a las mismas amenazas, no enferma?
Esa pregunta fue formulada con rigor científico por el médico Aaron Antonovsky, nacido en Estados Unidos y radicado en Israel. Antonovsky estudió la salud de mujeres sobrevivientes de los campos de concentración nazis. Encontró que un porcentaje significativo de ellas gozaba de buena salud décadas después, pese a haber atravesado una experiencia extrema. En lugar de preguntarse por qué algunas enfermaron, indagó qué tenían las que estaban bien.
De esa inversión surgió el término salutogénesis, construido del latín salus (salud) y el griego génesis (origen). El concepto central que desarrolló Antonovsky es el “sentido de coherencia”, una orientación global hacia la vida que involucra tres dimensiones: comprensibilidad (percibir el mundo con orden y predecibilidad), manejabilidad (confianza en tener recursos propios para enfrentar lo que ocurre) y significatividad (sentir que lo que sucede tiene sentido y vale la pena el esfuerzo).
Según Antonovsky, las personas con un sentido de coherencia elevado no evitan el estrés ni viven sin adversidad. Lo que las distingue es su capacidad para movilizar recursos ante las dificultades, encontrar sentido en la experiencia y mantener una percepción de control relativo sobre su situación. Eso, sostuvo, tiene efectos biológicos concretos: activa mecanismos de regulación del estrés, sostiene conductas saludables y refuerza vínculos sociales que protegen la salud.
El modelo salutogénico no reemplaza la medicina de la enfermedad, pero la obliga a ampliar su mirada. Si solo se estudia por qué la gente enferma, se acumula conocimiento sobre patología. Si también se estudia por qué la gente permanece sana, se entiende la salud como un estado activo que se construye y sostiene. La salud no es la ausencia de enfermedad, sino la capacidad del organismo de moverse a lo largo de un continuo usando sus recursos para recuperar el equilibrio cuando algo lo altera.
Décadas después de Antonovsky, su pregunta sigue siendo incómoda para un sistema de salud organizado en torno a la patología. “Por qué no enfermamos” no es una pregunta retórica, sino una de las preguntas más productivas que la ciencia puede hacerse, según sus seguidores. Las respuestas generan consecuencias prácticas para la medicina, la salud pública y la manera en que cada persona entiende y cuida su propia vida.
