El último viernes, una reunión de gabinete marcada por la tensión derivó en un fuerte respaldo del presidente Javier Milei a su jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en medio de la polémica por su declaración jurada y las acusaciones de un contratista.
Nunca hubo una reunión de gabinete tan tensa como la del último viernes. En general, esos encuentros eran para hacer repasos de la gestión, siempre en un tono celebratorio e indulgente. Algunos incluso fueron precedidos por un ritual de abrazos y saltitos con el Presidente, cuyas imágenes se viralizaron en redes. Esta vez el contexto era distinto y fue el propio Javier Milei quien se hizo cargo del cambio de clima. Ni foto hubo.
En la media hora que habló, tras explicar por qué la economía generará buenas noticias en los próximos meses, dedicó un segmento importante al asunto Manuel Adorni. Fue muy enérgico en la defensa de su jefe de Gabinete, argumentó que confiaba plenamente en su inocencia, dijo que haría lo mismo por cualquiera de sus ministros si estuvieran en similar circunstancia, y profirió insultos irreproducibles al periodismo, según su visión, el culpable absoluto del escándalo. Después de hablar, y frente a un intento de Patricia Bullrich por abrir un debate sobre el tema, se paró, saludó y se fue. No se trataba de una conversación; era la comunicación de la línea oficial a seguir.
Adorni retomó el hilo argumental y pronunció una frase que a muchos les pareció una ironía mal disimulada. «Ya escucharon al Presidente, fue muy claro. Al que le guste bien, y al que no, ya sabe lo que puede hacer», fueron más o menos sus palabras, según la reconstrucción de tres de los funcionarios presentes allí. De pronto, quien supuestamente estaba con un pie afuera pasaba a fijar las condiciones de continuidad a sus colegas. La audacia es un don para elegidos.
Bullrich, que ya venía conteniendo su irritación, pidió hablar y ratificó frente al gabinete lo que venía diciendo en público: que Adorni debía dar explicaciones rápidamente porque el caso estaba teniendo un impacto social profundo, y que lo más importante era garantizar la reelección de Milei, un objetivo que podría verse afectado por su falta de precisiones patrimoniales. Adorni le respondió que lo haría antes del plazo límite fijado legalmente. «¿Cuánto te falta?», insistió ella. «Pronto lo voy a hacer», eludió él.
Nadie entiende bien los motivos de la demora del jefe de Gabinete en presentar su declaración jurada, la que presuntamente terminará por sellar definitivamente la polémica. Pero todos intuyen las razones. Ningún otro funcionario quiso seguir con la discusión. Bullrich sintió el vacío de la soledad, a pesar de que durante la semana algunos de los que estaban en la mesa habían manifestado en la intimidad una posición similar. Pero ese día sólo hubo profusión de elogios a la línea fijada por Milei. «Estamos muy cohesionados internamente», se enorgulleció un ministro al terminar. Varios sabían que en realidad estaban fingiendo demencia.
Este episodio mínimo reflejó la escalada que tuvo el caso Adorni, que esta semana pasó de ser una cuestión contable-judicial de un funcionario cuestionado a convertirse en la crisis política más severa dentro del Gobierno. El detonante fue la declaración del contratista Matías Tabar, quien el lunes contó que hizo reparaciones por US$245.000 en el country de Adorni en Exaltación de la Cruz. La estrategia oficial marcaba que esta semana serviría para dar vuelta la página de la polémica, después de la presentación del jefe de Gabinete en el Congreso y de su conferencia de prensa del lunes. En el mismo momento en el que se disponían a apretar el botón de reinicio de gestión, Tabar trabó el dispositivo con su exposición ante la Justicia. Fue como retroceder al punto de partida. Un constructor que terminó siendo un demoledor.
Allí se inició una secuencia de vértigo. Ese mismo lunes a la tarde, desde Chile, Bullrich habló con Milei para decirle que la situación era insostenible sin una explicación pública de los bienes de Adorni. El Presidente le aseguró que eso ocurriría en breve. Dos días después, como no había novedades, la senadora embistió y en una entrevista en el canal América repitió en público el planteo privado que le había hecho al Presidente. Un desafío abierto a la lógica verticalista de los libertarios. Milei debió salir un rato después a decir que estaba todo bien y que en realidad el problema se reducía a «dos cañitos de agua» instalados en la refacción del country. Aventuró entonces que era inminente la presentación de la declaración jurada del funcionario. Al día siguiente, desde el entorno de Adorni se supo que recién lo hará cerca de fin de mes. En 24 horas Milei fue desafiado por una senadora y desmentido por su jefe de Gabinete. Los riesgos de someterlo a una sobreexposición forzada.
Bullrich interpretó el humor social y lo expresó con su estilo frontal e inconsulto, lo cual generó malestar en los Milei, sobre todo en Karina. Un testigo presenció en vivo la furia de la hermana presidencial cuando el miércoles vio la entrevista de la senadora. Si bien Bullrich siempre fue de recorrer su propio camino, ahora no tiene margen para romper. Tampoco los Milei para desterrarla. Ella por momentos intuye que los mejores momentos del Gobierno están atrás.
