InicioEspectáculosCuatro décadas de teatro: una reflexión sobre la práctica escénica en Argentina

Cuatro décadas de teatro: una reflexión sobre la práctica escénica en Argentina

Un director y dramaturgo argentino repasa 40 años de trayectoria teatral, analizando los desafíos de la producción cultural, la pérdida de identidad entre los circuitos escénicos y la resistencia del arte en contextos adversos.

Cumplir cuarenta años haciendo teatro no es, para este artista, una celebración de una carrera, sino un impulso para seguir encontrando sentido a su práctica. Comenzó en Rafaela, una ciudad con tradición escénica derivada de la inmigración italiana, pero donde nada indicaba que se pudiera hacer del arte de la escena un camino de vida. Allí entendió temprano que hacer teatro en serio implicaba, además de montar obras, generar condiciones, formar públicos, inventar espacios y sostener equipos; en definitiva, producir un ecosistema.

Esa experiencia, que luego se amplió en su paso por la gestión pública —como director del Festival de Teatro de Rafaela, del Instituto Nacional del Teatro o del programa Iberescena—, sigue marcando su modo de pensar lo escénico: el teatro como práctica situada, como territorio en tensión con su contexto. En ese recorrido fue testigo de los vaivenes de las políticas públicas en relación con la cultura. Hubo momentos de expansión, donde el acceso, la producción y la circulación del teatro se pensaron como derechos; y otros de retracción, donde todo volvió a depender de la capacidad individual de sostener proyectos en condiciones cada vez más precarias.

Más allá de esos ciclos, lo que hoy le preocupa es la pérdida de identidad en los modos de producción: el teatro público, el comercial y el independiente, históricamente diferenciados en sus lógicas, objetivos y formas de vínculo con el público, parecen cada vez más confundidos entre sí. En ese desplazamiento, el riesgo no es solo económico o institucional, sino también simbólico: que el teatro pierda diversidad, espesor y capacidad de interpelación.

Si algo atravesó estas cuatro décadas fue la necesidad de adaptación permanente. La falta, lejos de ser un obstáculo, fue siempre un motor. Y en esa falta aparecieron también las preguntas: ¿qué se puede hacer con lo que hay?, ¿cómo sostener el deseo en contextos adversos?, ¿cómo no repetir formas que ya no interpelan? Son preguntas que hoy resuenan más que nunca, en un momento bisagra.

En los últimos años, su trabajo se orientó a una indagación sobre el cruce entre lo escénico y lo audiovisual, explorando esa relación no como recurso, sino como lenguaje. Le interesa pensar cómo la escena puede expandirse, cómo la presencia del cuerpo convive con su duplicación, su proyección y su fragmentación. En No yo, de Beckett, esa exploración se vuelve radical: una voz que insiste aun cuando no puede sostenerse en un cuerpo visible. En 0615 aparecen las formas en que lxs jóvenes construyen sus vínculos en un territorio mediado por la tecnología, donde lo íntimo y lo público se confunden. Y en Mis palabras, obra de su autoría que volverá a presentar en junio, ese recorrido se vuelve más personal: una investigación sobre los vínculos entre discapacidad, erotismo y creación.

No es casual que esos temas hoy estén en disputa. La sexualidad, los modos de vinculación, la discapacidad, aquello que desborda la norma, son territorios que ciertas políticas buscan directamente silenciar. Frente a eso, el teatro no ofrece respuestas: habilita una insistencia. Pone en escena aquello que incomoda, que no encaja, que resiste a ser reducido a un discurso único, hegemónico, muchas veces violento.

En ese sentido, hacer teatro hoy implica también sostener una práctica en la intemperie. Seguir haciendo, seguir probando, seguir convocando, incluso cuando las condiciones materiales y simbólicas se vuelven cada vez más restrictivas. Después de cuarenta años, no tiene certezas. Pero sí una intuición que se repite: que el teatro, incluso en sus formas más frágiles, sigue siendo una manera de producir experiencia, de abrir preguntas, de interrumpir sentidos. Y que, en tiempos donde ciertas voces buscan ser acalladas, insistir en esa experiencia compartida es también una forma de resistencia.

Obras en cartel: Mis palabras: Domingos 7, 14, 21 y 28 de junio a las 17hs en El Excéntrico de la 18ª (Lerma 420, CABA). Entradas por Alternativa.

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