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La Tana: una rotisería familiar que mantiene la tradición italiana en Palermo desde 1982

En el barrio de Palermo, la rotisería «La Tana» lleva más de cuatro décadas ofreciendo platos caseros. Fundada por una familia de origen calabrés, el negocio se ha sostenido por el boca a boca y el compromiso con la calidad, resistiendo a las propuestas de expansión.

En la esquina de Charcas y Humboldt, en el barrio de Palermo, se encuentra la rotisería «La Tana», un local que parece detenido en el tiempo. Durante el mediodía, el lugar se llena de oficinistas, transeúntes y clientes habituales en busca de platos caseros. Detrás del mostrador, la familia Ricci atiende con un ritmo coordinado, sirviendo especialidades como tortillas, croquetas, sándwiches de milanesa, pastas, empanadas y un destacado tiramisú.

El emprendimiento comenzó en 1982 en un local más pequeño sobre la calle Humboldt, a cargo de la abuela María, de origen italiano, y Susana, la madre de la familia. María llegó a Argentina desde Calabria en 1952, trayendo consigo el amor por la cocina y las reuniones alrededor de la mesa. Antes de dedicarse a la rotisería, la familia tuvo otros negocios en el barrio, como una peluquería y un kiosco.

El nombre «La Tana» surgió de manera espontánea entre los clientes, al igual que el apodo «el tano» para Juan, el padre de la familia. El crecimiento del negocio fue gradual, basado en la recomendación de los comensales. En 1986, la familia se mudó a su ubicación actual, en Charcas 5015, una antigua casona que reformaron para convertirla en su hogar y negocio.

Alejandra y Sebastián, hijos del matrimonio, se criaron dentro del local. Desde niños participaron en las tareas, comenzando por pelar papas o armar cajas, hasta aprender a atender y cocinar. Alejandra, quien estudió gastronomía, considera la cocina como su lugar en el mundo y destaca el orgullo que siente al ver la satisfacción de los clientes.

A lo largo de los años, recibieron propuestas para abrir sucursales o expandirse, pero la familia siempre optó por mantener el negocio original. Prefieren trabajar en familia y supervisar cada detalle. Juan, de 73 años, sigue atendiendo, mientras Susana se encarga de preparar algunas especialidades, como sus pizzas y el tiramisú.

El menú, que inicialmente era reducido, se fue adaptando a los pedidos de la clientela, incorporando tartas, milanesa napolitana, sándwiches y ensaladas. Sin embargo, dos aspectos se mantienen inalterables: las porciones generosas y el compromiso con la calidad de los ingredientes. «Siempre fuimos muy estrictos con eso. Solo priorizamos la calidad de la materia prima», afirma Alejandra.

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