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El Templo de Loto en Nueva Delhi: la obra bahá’í de Fariborz Sahba que cumple 37 años

El edificio, conocido oficialmente como Casa de Adoración Bahá’í, fue diseñado por el arquitecto Fariborz Sahba en la década de 1970 y se inauguró en 1986. Está compuesto por 27 pétalos de hormigón revestidos en mármol blanco y recibe unas 4 millones de visitantes al año.

El Templo de Loto, denominado oficialmente Casa de Adoración Bahá’í, se encuentra en el sur de Nueva Delhi, India. Fue diseñado por el arquitecto Fariborz Sahba, quien desarrolló el proyecto durante diez años desde su encargo en la década de 1970. La construcción se completó en 1986.

El edificio está compuesto por 27 pétalos de hormigón armado revestidos en mármol blanco, organizados en grupos de tres que forman nueve caras. El número nueve se repite en nueve accesos, nueve estanques y nueve arcos estructurales, una pauta establecida por las escrituras bahá’ís que lo conciben como símbolo de plenitud y unidad.

El salón principal puede albergar a unas 2500 personas y alcanza una altura cercana a los 40 metros, sin columnas visibles. El interior carece de imágenes, estatuas, altares o púlpitos; la luz natural ingresa desde lo alto y se desliza por las superficies curvas de los pétalos.

La estructura principal se apoya en nueve grandes arcos dispuestos radialmente que absorben y distribuyen las cargas. Los pétalos y las hojas se definen a partir de superficies esféricas y toroidales, calculadas mediante ecuaciones y sistemas de coordenadas poco habituales en la construcción convencional. Para materializarlas se desarrollaron modelos, maquetas y ensayos previos, además de un sistema de encofrados de alta precisión.

El mármol blanco utilizado en el revestimiento exterior proviene de Macrana, en Rajasthan. El cemento, la arena y otros componentes también son de origen local. En el interior, el hormigón queda a la vista con una textura controlada.

El templo es uno de los edificios más visitados de la India y una referencia para arquitectos y estudiantes de todo el mundo. Al amanecer, el mármol refleja la luz con claridad; al atardecer, adquiere tonos suaves y violáceos.

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