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Una madre relata cómo interpreta la distancia de sus hijos adultos

Una mujer con tres hijos describe en un artículo publicado en Bolde el proceso por el cual dejó de considerar la falta de llamadas como una señal de pérdida del vínculo y comenzó a verla como indicio de independencia.

Una madre de tres hijos relató en un artículo publicado en el sitio Bolde que durante años interpretó la falta de llamadas de sus hijos adultos como una señal de que el vínculo se había debilitado. La mujer, cuyos hijos tienen 28 años el menor, sostuvo que con el tiempo comprendió que ese silencio puede indicar que los hijos construyeron la vida que ella y su pareja quisieron para ellos.

El artículo describe que, durante la infancia, la mujer no podía bañarse sin que alguno de sus hijos golpeara la puerta del baño, mientras que ahora puede pasar un fin de semana entero sin recibir llamadas. La autora afirma que durante mucho tiempo tomó esa distancia como algo personal, hasta que entendió que confundía la independencia de sus hijos con la sensación de haber dejado de ser importante para ellos.

La reflexión parte de una pregunta que la autora plantea: qué querían los padres cuando sus hijos eran pequeños. Su respuesta es que deseaban que crecieran sanos, encontraran un trabajo que les permitiera vivir bien, tuvieran amigos, se enamoraran si así lo deseaban y construyeran algo propio. También que tuvieran planes para un sábado por la noche y personas distintas de sus padres a quienes recurrir cuando atravesaran un mal momento.

La dificultad aparece, según la autora, cuando ese deseo se convierte en realidad. “Los criaste para que tuvieran vidas plenas, y una vida plena es ruidosa”, plantea en el texto. Sus hijos tienen ahora trabajos, parejas, amigos, compromisos y problemas que ocupan buena parte de sus días. “Y el silencio de tu parte es como suena cuando funciona”, agrega.

La mujer sostiene que durante la infancia el amor estaba acompañado por una enorme cantidad de tareas, como llevarlos a actividades, ayudarlos con trabajos escolares, prepararles la comida y aconsejarlos. Con la adultez, esas tareas desaparecen progresivamente. Los hijos pueden llamar a un plomero, pedir ayuda a su pareja, sacar un turno médico o resolver un problema sin que sus padres se enteren. Para quien estuvo acostumbrado a ser indispensable, ese cambio puede sentirse como un rechazo, pero la autora afirma: “Ser menos necesario no significa ser menos amado”.

El artículo indica que el vínculo cambia y puede manifestarse en un mensaje con una receta familiar, una llamada después de conseguir un ascenso o una foto que un hijo envía al reconocer en su propia hija un gesto que tenía cuando era chico.

La autora también relata que aceptar la independencia de sus hijos no significó quedarse esperando sus llamadas. Empezó a llenar su propia vida con actividades, amistades y planes que no dependieran de que ellos regresaran a casa. Cuenta que un jueves su hijo la llamó después de varios días y que esa vez no atendió con la acumulación de decepciones detrás del saludo. Había almorzado con una amiga y pasado la mañana en el jardín. Hablaron durante veinte minutos y tuvieron una de las mejores conversaciones en meses, no porque él hubiera cambiado, sino porque ella tampoco estaba llegando a ese intercambio desde el vacío.

No obstante, aclara que eso no significa que los hijos adultos puedan desaparecer por completo. Sostiene que las relaciones necesitan esfuerzo de ambas partes y que los padres tienen derecho a querer más contacto y decirlo. Pero dejó de interpretar cada período de silencio como una prueba de que algo había salido mal.

El artículo original fue publicado en el sitio Bolde y difundido por el diario Clarín, que incluye un enlace para recibir su newsletter.

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