El ARA Salta, último de los once submarinos que tuvo Argentina, está amarrado en la Base Naval de Mar del Plata desde hace una década. Sin navegar ni sumergirse, se utiliza para instrucción. Horacio Tobías, exjefe de máquinas, repasa su historia y la vida a bordo.
El ARA Salta, el último de los once submarinos que tuvo la Argentina en su historia, ya no sale al mar. Está amarrado en la Base Naval de Mar del Plata. Desde hace una década que no se sumerge ni navega. Defectuoso y obsoleto, se usa como buque escuela. Quienes lo tripularon, lo siguen llamando «el Saltita».
Horacio Tobías lo conoció por dentro, hasta las entrañas: fue su jefe de máquinas. Formó parte de su tripulación durante dos años y después, cuenta con orgullo, fue uno de los que lo devolvió al mar cuando parecía definitivamente abandonado en un astillero de Buenos Aires.
Hombre de mar
La vida de Horacio Tobías, capitán de fragata (RE), siempre estuvo ligada a la Armada. Nació en 1961 en el Hospital Naval de Puerto Belgrano. Hijo de marino, creció dentro de la base, entre partidos de rugby y salidas junto a su padre en algún buque de la imponente Flota de Mar. En 1983 egresó de la Escuela Naval y, cuatro años después, hizo el curso de submarinista. Su primer destino fue el ARA San Luis, el hermano del Salta.
Tobías conoce, como pocos, la historia de los submarinos en la Argentina. Desde su origen, en la década de 1930.
«En 1933 llegaron los primeros tres submarinos de Italia: el Santa Fe, el Santiago del Estero y el Salta. En la Argentina, los submarinos siempre tienen el nombre de provincias que empiezan con la letra ‘S’. Es una tradición. Después fueron reemplazados por dos submarinos norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial, que también se llamaron Santa Fe y Santiago del Estero. Como los primeros eran S-1, S-2 y S-3; los de la segunda generación fueron S-11 y S-12. Eran clase Flota, submarinos que tenían capacidad de navegar en superficie y se sumergían para el ataque. Después vinieron los Guppy, que ya navegaban bajo el agua y hacían snorkel para cargar las baterías, sin necesidad de salir a la superficie. Uno de estos Guppy es el ‘Saltita'», comienza.
-¿Desde cuándo los submarinos tienen su base en Mar del Plata?
-Desde 1933. La base fue hecha para los submarinos por el calado de la salida del puerto y por la posibilidad de salir a alta mar: en nada ya estás en el medio del mar. En Buenos Aires tenés que hacer todo el Canal Mitre y el submarino tiene que estar mucho tiempo en superficie… ¡y un submarino en superficie es un blanco muy fácil! Pero cuando sale de Mar del Plata, va a inmersión y ya no sabés dónde está.
-¿Cómo llegó el Salta a la Argentina?
-El Salta y el San Luis se encargaron a Alemania en 1969. Son idénticos. Se construían allá por secciones, que son varias «rodajas» unidas. Para darte una idea, más o menos, tres rodajas de submarino forman una sección. Llegaron con todo preparado para ensamblarlos en el viejo Tandanor, que estaba en la Dársena Norte. En 1972, apenas tres años después de la orden de compra, ya estábamos botando el Salta.
-¿Qué cambió con estos submarinos?
-Con los submarinos de la Segunda Guerra Mundial se navegaba afuera del agua. Tenían cubierta y hasta un cañón afuera. Cuando vinieron estos, cambió la concepción: afuera no se usa nada, casi no hay lugar para caminar. El Salta y el San Luis son los primeros verdaderos submarinos de la Argentina.
-¿Por qué le dicen «Saltita»?
-Cariñosamente, porque al lado de los viejos submarinos es chiquito. Fue el primero de esta nueva generación y todo el mundo se encariñó con el barquito. Entonces le quedó «Saltita».
La vida dentro del Saltita
Según la ficha técnica de la Armada, el ARA Salta pertenece al tipo 209. Mide 56 metros de largo («como media cuadra») y tiene un casco de 5,5 metros de diámetro. Su propulsión combina cuatro motores diésel con un motor eléctrico alimentado por baterías: estas permiten navegar bajo el agua, mientras los diésel generan la energía para recargarlas. Construido en secciones en Alemania y ensamblado en Buenos Aires, fue botado el 21 de noviembre de 1972.
-¿Cuánta gente lo tripulaba?
-La tripulación es de aproximadamente 35 hombres.
-¿Cómo es la vida en el submarino?
-No existen los camarotes. Todo el submarino es un gran ambiente subdividido con tabiques de madera que se sacan y se ponen. Los torpedos están debajo del piso, donde están las camas y la mesa del comedor. Para cargar torpedos, tenés que desarmar todo eso y levantar las tapas de los pisos. Después, con mecanismos manuales, los torpedos se cargan en los tubos lanzatorpedos.
-¿Dónde se guardan los alimentos?
-El Salta tiene una cocinita muy chiquita, eléctrica. Todo es eléctrico en el submarino. Los víveres se guardan en todos los rincones que se puedan. Hay una cámara para verduras en el pasillo, saliendo de donde duermen los oficiales. Se abre una tapa y se accede a otra, tipo heladera. Es como un gran cajón forrado en chapa, como el interior de una cámara frigorífica. Ahí están los víveres. Abajo de la cama del comandante está la cámara de congelados, donde va la carne. Cada vez que hay que sacar carne para cocinar, hay que despertar al comandante, levantar la cama, sacar el piso del camarote y sacar la carne para el día que se va a consumir.
-¿Y los baños?
-Es interesante. Originalmente, al estilo alemán, los inodoros estaban a la vista, al lado del periscopio. La gente que estaba en comando o en el sonar podía charlar con uno que estaba sentado haciendo sus necesidades. Para los alemanes eso estaba bien, pero para nosotros no. Cuando encargamos el Salta y el San Luis les dijimos que nosotros no teníamos los mismos hábitos, que no podíamos hacer nuestras necesidades delante de todo el mundo, y construimos unas mamparas. No es lo más discreto, pero por lo menos no le ves al tipo la cara cuando está en el baño. Eso sí, si tardabas más de cinco minutos te comías el gaste de todos los que estaban de guardia en el compartimento de comando. La vida en el submarino es muy particular.
-¿Cómo es convivir en un espacio tan reducido?
-La convivencia, tan intensa, hace que un poco se pierda esa cultura de respetar las jerarquías. Te tenés que cambiar adelante de todo el mundo. Capitán o cabo segundo, las dos puntas de la jerarquía, todos estamos en la misma lata. No es como los buques de superficie, donde cada uno tiene su camarote, con su escritorio. Además, en el submarino tenés que ser rápido para elegir la cama correcta. Si no, se te puede complicar…
-¿Cómo es este proceso de selección de camas?
-Yo mido 1,83, soy bastante grandote, jugador de rugby. Como jefe de máquinas, entre el tercer y cuarto oficial más antiguo en el submarino, podía elegir. Siempre elegía una cama del medio… Al teniente más joven siempre le tocaba la cama de arriba y tenía que dormir tapado con un plástico porque las tuberías condensan y gotean agua. Tic, tic, tic, toda la noche.
-¿Cómo distinguen el día de la noche?
-Se vive por turnos. El buque se divide en tres turnos; cada cuatro horas rotamos. Si afuera es de día, las luces dentro del submarino son blancas; si es de noche, son rojas.
-¿Cuánto días podía durar una navegación del Salta?
-Una cosa es cuánto tiene para navegar y otra cuánto tiempo puede estar sumergido sin salir a tomar aire. Como es un buque a baterías, depende, como los autos eléctricos: si vas a cien kilómetros por hora tenés una autonomía más corta que si vas a treinta. Las navegaciones más largas del San Luis y del Salta fueron campañas de 55 días. Se hicieron para ensayar que el submarino tuviera capacidad de estar todos esos días en el mar sin ser reabastecido, con combustible, agua y alimentos.
-¿Cuál es la principal misión de un submarino?
-Por sobre todas las cosas, la disuasión. Saber que tenés un submarino navegando cerca pero sin saber con precisión dónde está, es disuasivo para cualquiera. Como pasó con el San Luis durante Malvinas: sabían que el submarino no estaba en puerto, entonces es fácil concluir que estaba en el mar. Pero… ¿dónde está? ¿en qué lugar del mar? Y mientras te preguntás eso, te tira un torpedo y te hunde un destructor o un portaaviones. Recién cuando disparó sabés dónde está, pero ya te hundió un barco. Eso, justamente, es lo que nos pasó a nosotros durante la guerra. La flota argentina se desplegó para combatir contra la británica. Pero vino el Conqueror, hundió el crucero General Belgrano y cambió todo. Cuando supimos que había un submarino dando vueltas, la decisión fue guardar los barcos porque podían hundirnos toda la flota. No se trataba solamente de perder los buques, sino de la cantidad de gente que iba a bordo.
El Salta en tiempos de guerra
Cuando comenzó la guerra de Malvinas, Tobías cursaba el último año de la Escuela Naval. La Argentina tenía entonces cuatro submarinos, aunque uno de ellos, el viejo Santiago del Estero, ya no navegaba: había llegado al final de su vida útil y permanecía amarrado en Mar del Plata. Los otros eran el Santa Fe, el Salta y el San Luis.
-¿Que pasó con el Salta durante la Guerra?
-Era el mejor submarino que teníamos, pero cuando empezó la guerra estaba haciendo pruebas acústicas en Puerto Madryn por unos ruidos que tenía. Un submarino que genera ruido es fácilmente detectable. Tiene que ser lo más silencioso posible. En la búsqueda de esos ruidos y la calibración de un equipo, se inicia la guerra. Le dicen: «Volvete para Puerto Belgrano para alistarte». Se desplaza de Puerto Madryn a Puerto Belgrano. En ese ida y vuelta, el comandante tiene un problema de salud y lo tienen que desembarcar. Había que nombrar a un nuevo comandante. En ese período, el segundo comandante sale a probar el submarino y dice: «Todavía persisten los ruidos». Vuelve a entrar a dique, la guerra ya había empezado. Nombran a alguien que ya había sido comandante de ese barco, lo conocía y tenía experiencia. En ese momento era el edecán militar de Galtieri. Sale de la Casa de Gobierno y va a ser comandante de submarino de vuelta. Con la discusión sobre los ruidos, que sí y que no, pasó el tiempo y el Salta no fue a la guerra.
El ARA Santa Fe, en cambio, tuvo una participación activa en la guerra de Malvinas. Participó en la Operación Rosario. El 2 de abril de 1982, cerca de las 2:30 AM, trece buzos tácticos desprendieron su bote del submarino y comenzaron la gesta histórica.
Tras la recuperación de las islas, el Santa Fe regresó a Mar del Plata y recibió una nueva misión: transportar infantes de marina para reforzar la guarnición de Georgias del Sur. Y así lo hizo. El 25 de abril, después de desembarcar los refuerzos, cuando comenzaba su repliegue, fue atacado por helicópteros británicos mientras navegaba en superficie. «Los tripulantes trataban de bajar algún helicóptero con fusiles, cosa que no ocurrió. El submarino ya no podía seguir ni ir a inmersión», cuenta Tobías. Las averías lo obligaron a regresar a Grytviken. Sus tripulantes se defendieron con fusiles, pero el submarino quedó fuera de combate. La guarnición argentina se rindió ese mismo día.
En el atracadero de Grytviken, el Santa Fe comenzó a escorar por la entrada de agua. Tras la rendición, una tripulación argentina reducida recibió la orden de moverlo a otro amarradero para liberar ese muelle, bajo custodia británica. Durante el traslado, el 26 de abril, el comandante pidió al maquinista Félix Artuso que accionara las válvulas para estabilizarlo. El guardia británico que lo vigilaba interpretó que intentaba hundir la nave y le disparó.
Artuso, héroe de guerra, fue enterrado en las Georgias del Sur. «El submarino Santa Fe quedó ahí. Con el tiempo los ingleses lo quisieron enderezar por su cuenta y llevárselo a Inglaterra a modo de trofeo pero en el viaje se les hundió. Está en algún lugar del Océano Atlántico», dice Tobías.
-¿Qué pasó con el ARA San Luis?
-Salió de Mar del Plata, a cargo del capitán de fragata Fernando Azcueta. Era igual al Salta y estaba en peores condiciones, pero zarpó igual. Su computadora de control de tiro estaba fuera de servicio y tenía una falla que no podían arreglar. Dijeron: «Vamos igual a la guerra y hacemos tiro de forma manual». Con gráficos y cálculos, como se hace el tiro en emergencia cuando no te anda nada. Así fueron a combate. Estuvieron 39 días de patrulla bajo la flota inglesa. Tiraron varios torpedos, pero no hundieron ningún barco. Los ingleses escucharon las hélices de los torpedos pasarles por abajo pero no consiguieron encontrarlo. El solo hecho de saber que un submarino argentino estaba en el área de combate hizo que gastaran cargas de profundidad, sonoboyas, movilizaran helicópteros y destructores. El San Luis se fue al fondo del mar y, allá abajo, en silencio, aguantó el bombardeo. Hacía maniobras para renovar el aire y volvía a sumergirse. Se cambiaba de posición y, cuando aparecían blancos de oportunidad, les tiraba, pero los torpedos no funcionaron…
-En la década de 1980, la Argentina se propuso construir submarinos. ¿Qué pasó?
-En la década del 70 los traíamos de Alemania y los ensamblábamos acá. Y sí, en los 80 comenzamos la fabricación de submarinos, pero ninguno llegó a terminarse. Quedaron en distintas etapas de construcción… El más avanzado, estaba terminado en un 75 por ciento. ¿Qué pasó? Después de Malvinas, Estados Unidos presionó al gobierno argentino porque Gran Bretaña no quería que tuviéramos medios con autonomía para llegar a las islas. Por eso se dejaron de construir los submarinos y también se dejó de fabricar el misil Cóndor, de largo alcance, que podía llegar a las islas desde el continente.
-¿Cuánto tiempo navegó en el Salta?
-Dos años. Después fue enviado a Buenos Aires para cambiar las baterías y hacer una reparación importante. Entró en el astillero de submarinos, que antiguamente era el Domecq García y ahora se llama Almirante Storni. Está al lado del Tandanor de hoy y forma parte del Complejo Industrial Naval Argentino (CINAR). Quedó ahí durante años, abandonado y desarmado de una manera que era casi imposible volver a armarlo. Pero la vida quiso que volviésemos a encontrarnos. En 1989 entré a Tandanor para trabajar en el San Luis y enseguida me pasé al Salta. Nos costó tres años volver a armarlo.
-¿Quiénes hicieron ese trabajo?
-Solamente personal militar, porque el astillero estaba cerrado. Participé en el renacimiento del submarino Salta desde sus cenizas. Y en julio de 1995 volvimos a navegar juntos. Salí del puerto de Buenos Aires y lo llevé a la base de Mar del Plata. Estaban el San Juan y el Santa Cruz, los de quinta generación, y se incorporó el Saltita. El San Luis quedó en el astillero.
-¿Cómo fue ese «volver a vivir» del Salta?
-Navegamos en superficie porque no teníamos hechas pruebas de mar. Imaginate, después de tantos años parado y reconstruido por nosotros… Teníamos que probar el submarino de a poco, sistema por sistema, para ver si era seguro. Primero hicimos navegaciones cortas y en octubre o noviembre nos fuimos hasta Ushuaia. Ahí bajamos a 200 metros de profundidad para poder decir: «Listo, el submarino ahora baja a 200 metros, puede tirar un torpedo, es un submarino de guerra de nuevo».
-¿Cómo se formó la nueva tripulación?
-En la Escuela de Submarinos ya nadie estudiaba estos submarinos porque se los consideraba muertos. Solo se estudiaba y se preparaban oficiales y suboficiales para tripular y manejar el Santa Cruz y el San Juan, que eran los nuevos. Yo, que lo había armado, tuve que enseñar a los oficiales que se recibieron después: «Además del Santa Cruz y del San Juan, que es lo que ustedes estudiaron, va a existir este otro que nadie vio, nadie conoce y nadie sabe cómo navegar». Trabajé durante todo el 96, preparé al que quedó como jefe. Así, de boca en boca, nos fuimos pasando cómo se navegaba ese buque.
Una escuela a flote
Desde 2018, el ARA Salta está amarrado en Mar del Plata. No volvió a navegar ni a sumergirse. La Escuela de Submarinos lo utiliza para la instrucción práctica de sus alumnos.
-¿Qué queda hoy del «Saltita»?
-Es el único que está flotando en Mar del Plata. No navega porque tiene las baterías vencidas y habría que hacer un montón de cosas para que vuelva a navegar. Técnicamente podría hacer una inmersión estática: amarrado como está, puede apoyarse en el fondo del mar. Pero es un buque de guerra, tiene que salir a navegar.
-¿Tiene alguna utilidad?
-Se usa para adiestramiento, como buque escuela. Sirve para que los buzos tácticos practiquen maniobras y para que los submarinistas por lo menos sepan cómo se vive dentro de un submarino mientras hacen las guardias. Como plataforma de armamento, no tiene ninguna función porque no navega.
-¿Qué ocurre hoy con quienes quieren ser submarinistas?
-Los chicos tienen que ir a practicar a Brasil o a Perú. Es difícil conseguir candidatos para una especialización que no podés poner en práctica en el país. Se anotan los que realmente tienen vocación de servicio y amor a la patria. Pero eso no es eterno, se gasta.
-Hace poco, el Gobierno anunció la posibilidad de incorporar submarinos, ¿qué opina?
-El presidente le está pidiendo al Congreso la habilitación para tomar un préstamo por 3500 millones de dólares para comprar tres submarinos y dos fragatas. Es decir, pide una autorización de tomar deuda, un crédito internacional que se irá pagando en cuotas. ¿Son necesarios? Obviamente.
Actualmente Tobías está «embarcado» en una empresa titánica: rescatar el ARA San Luis, o lo que queda en el astillero, «antes de que termine convertido en chatarra». Lo acompaña el capitán Fernando Azcueta, quien comandó el submarino durante la guerra de Malvinas. Quieren transformar su casco en un museo de la guerra y buscan un espacio en Buenos Aires para exhibirlo. Necesitan, además, fondos para trasladarlo y acondicionarlo.
