Un análisis de los cambios estructurales en la sociedad argentina y su impacto en el sistema político, con datos de encuestas y opiniones de expertos.
La sociedad argentina atraviesa una etapa de reconfiguración marcada por factores globales y locales. Según el análisis, el segundo cuarto de siglo presentará diferencias significativas respecto al primero, impulsado por la evolución tecnológica, el cambio climático, las alteraciones demográficas, el derrumbe del orden internacional basado en reglas y la reconversión del capitalismo global.
En el ámbito local, la irrupción de Javier Milei rompió el tablero político estructurado en torno a dos coaliciones. El sistema político no se ha rearmado y oscila entre una nueva polarización, el surgimiento de nuevas figuras o la fragmentación. Esta irresolución favorece al Gobierno, que atraviesa meses difíciles sin que la oposición capitalice la vacancia.
En lo económico, el cambio de lógica pasó de un estatismo decadente a un libremercadismo irrestricto. Los efectos en la matriz productiva mantienen en tensión a los indicadores, con sectores vinculados a cadenas globales dinámicos y otros dependientes del mercado interno en declive. A diferencia del plano político, la irresolución económica es una desventaja para el Gobierno, que sufre un largo valle con la percepción de que la economía no cumple las expectativas.
Debajo de los movimientos visibles, se producen transformaciones sociales iniciadas décadas atrás y profundizadas pospandemia. La Argentina tiende a ser estructuralmente más pobre, más vieja y más urbana. Se incuba una redefinición de la composición social que difiere de la que dio origen a las instituciones del siglo XX. El desfase entre una arquitectura institucional concebida para lógicas del siglo pasado y las mutaciones actuales genera tensiones y una crisis de representación.
La clase media es el sector más descontento con el Gobierno, según la última medición de Management & Fit. El 42,1% de los sectores medios calificó la situación económica como ‘muy mala’, contra el 31,6% de los más bajos. Este sector sufrió sobrecarga por eliminación de subsidios y aumentos de servicios, tarifas, prepagas y escuelas; perdió capacidad de ahorro y se endeudó. La clase media, antes símbolo de movilidad ascendente, se angostó y dio lugar a la clase media-baja como dinamizadora social.
Otro descalce se observa en la franja etaria adulta. Una encuesta de Mide refleja mayor desencanto entre mayores de 46 años: entre el 64% y el 68% considera que el país va en dirección equivocada, contra el 45% de los sub-25 y el 51% de los sub-35. Además, entre el 60% y el 61% de los adultos opina que Argentina ‘está en una crisis profunda’, frente al 34% de los sub-25 y el 47% de los sub-35. Gonzalo de Janin, director del trabajo, explicó que los mayores de 60 están afectados por la baja de jubilaciones, y los menores de esa edad por subas de alquileres, expensas, colegios y prepagas. También son más críticos de las formas de Milei.
La extrema urbanización, con alrededor del 90% de la población viviendo en ciudades, enfrenta un estrés productivo. El modelo económico oficial tiende a favorecer las regiones andina, patagónica y pampeana por la expansión de minería, hidrocarburos y campo, mientras los cordones urbanos dedicados a industrias y servicios tienen menor proyección. Un trabajo de la consultora Moiguer muestra que el 45% en el eje patagónico tiene expectativas favorables para los próximos doce meses, el 41% en el andino y el 38% en el pampeano. En el AMBA, solo el 29% comparte esa visión.
Se consolida un proceso de individualización y desafiliación. Las representaciones colectivas se desplazan y las identidades comunitarias ganan terreno, mientras el Estado, los partidos y las organizaciones son vistos como burocracia inexpresiva. Los sociólogos Ignacio Ramírez y Luis Alberto Quevedo, en ‘La gran transformación de la cultura política argentina’, señalan que ‘la vida colectiva perdió parte de su espesor democrático’ y que hay una tendencia desintegradora con erosión del capital social, aumento de desconfianza y debilitamiento del sentido de pertenencia.
Los autores sostienen que el triunfo de Milei ‘no puede leerse como una anomalía, sino como un emergente normal de esta implosión social’. Milei no convoca a la organización ni promete un horizonte compartido; interpela al individuo precarizado que perdió la fe en los otros. Este proceso de individualización es heredero del fracaso del proyecto basado en el Estado presente y la justicia social, y su desplome con la pandemia. Marca un quiebre del proyecto colectivo y el ingreso a una fase de autopreservación.
Gala Díaz Langou, directora del Panel Internacional para el Progreso Social, explicó que ‘la desafiliación es una crisis identitaria más profunda que la falta de confianza’. Señaló que están en crisis las tres instituciones básicas de socialización: familia, escuela y trabajo, y también las entidades en general. En el plano político, se refleja en la caída de la participación electoral.
El economista Alberto Ades presentó el libro ‘Lo que se desvanece’, donde retoma a Zygmunt Bauman para hablar de ‘identidades líquidas’. Plantea que las identidades dejaron de ser estáticas y que ‘lo que se pierde no son las identidades en sí, sino su pretensión de inmutabilidad’.
Esta es la sociedad a la que la política deberá dirigirse en las próximas elecciones. Milei encontró en 2023 un discurso que sintonizó con esas transformaciones, pero hoy está en fricción con una realidad que también se le escurre. Para los que lo desafían, desde posibles candidatos peronistas hasta aprendices de outsiders, el cuadro es inquietante: intuyen que no conectan con los desencantados, pero no logran interpretar sus demandas.
