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Un ensayo reflexiona sobre la fidelidad de las cosas y su vínculo con las promesas humanas

El texto, firmado por un profesor de Ética de la comunicación de la Universidad Austral, aborda la persistencia de los objetos frente a la retirada de los compromisos humanos, con referencias a Bécquer, Heidegger, Arendt y Hegel.

Un ensayo titulado «La secreta vecindad de las cosas» plantea una reflexión sobre la relación entre los seres humanos y los objetos que los rodean. El texto, firmado por un profesor de Ética de la comunicación de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral, sostiene que mientras las promesas humanas se vuelven revisables y los compromisos se desvanecen, las cosas mantienen una fidelidad a sí mismas.

El autor cita la Rima VII de Gustavo Adolfo Bécquer, publicada en la edición póstuma de 1871, donde un arpa olvidada en un salón a oscuras sigue guardando su música a pesar del polvo y el abandono. A partir de ese ejemplo, afirma que las cosas practican una virtud poco reconocida: la fidelidad a sí mismas. «La mesa no se cansa de ser mesa y la lámpara alumbra igual al que vuelve tarde y al que no vuelve», escribe.

El texto menciona al filósofo Martin Heidegger, quien en El origen de la obra de arte (1935) denominó «fiabilidad» a esa virtud, y en una conferencia de 1950 ante una jarra señaló que la cosa reúne en su hueco la tierra y el cielo, los divinos y los mortales. También recurre a Hannah Arendt, quien en La condición humana (1958) sostuvo que las cosas estabilizan la vida de los hombres y les devuelven una identidad que se les escapa, porque vuelven a reconocerse «al referirse a la misma silla y a la misma mesa».

Asimismo, el ensayo cita a Georg Wilhelm Friedrich Hegel, quien en el parágrafo 48 de la Enciclopedia de 1817 habló de «la ternura por las cosas del mundo» como un reproche. El autor señala que dos siglos después ese reproche suena a elegía. Menciona también las Instituciones de Justiniano y la fórmula «nomina sunt consequentia rerum» que Dante difundió, para contrastarla con «nomina nuda tenemus», con la que termina la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco.

El texto define la palabra «vecindad» como el trato exacto con las cosas, mejor que posesión y mejor que compañía. «Al vecino no se lo elige y nada exige, simplemente está, y su estar sostiene un orden que nadie ha firmado», afirma. Concluye que las cosas enseñan por contigüidad y que aprender de ellas consiste en permanecer donde uno dijo que estaría. «Bajo el polvo, el arpa sigue afinada. Esperar era, y sigue siendo, su manera de ser fiel», finaliza.

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