La neurociencia, la psicología educativa y las políticas públicas convergen en la importancia de lo emocional en la educación. La Organización Mundial de la Salud advierte que uno de cada siete adolescentes en el mundo presenta algún trastorno mental, con la ansiedad y la depresión como los cuadros más frecuentes.
Controlar y reprimir parecen ser palabras que hoy quedan fuera de una mirada humanizante con respecto a las emociones en la escuela, como planteó la especialista y doctora en Educación Carina V. Kaplan. Según Kaplan, hoy se trata de “simbolizar, canalizar, procesar, elaborar y reparar” (Educación en la empatía, Paidós 2026).
Pensar en una “escuela sensible” no es algo del presente sino también del futuro. Kaplan afirmó: “Precisamos educar para validar lo emocional y construir una sensibilidad social que reponga lo humano en la convivencia”.
Qué dice la neurociencia
Investigaciones en neuropsicoeducación muestran que el estrés, el miedo y la ansiedad deterioran la capacidad de aprender, mientras que las emociones positivas amplían la atención y favorecen procesos cognitivos más complejos.
Diversos estudios demuestran que cuando un contenido carece de componente emocional, las probabilidades de que se consolide y se almacene en la memoria son bajas, ya que la huella de memoria no se activa en términos de aprendizaje profundo.
A esto se suma la línea de investigación de las neuronas espejo, identificadas en la década de 1990 por el equipo del neurocientífico italiano Giacomo Rizzolatti. Estudios posteriores con resonancia magnética funcional confirmaron que las mismas áreas cerebrales que se activan ante las propias emociones se ponen en marcha también al observar a otra persona experimentarlas, lo que constituye una de las bases biológicas mejor documentadas de la empatía humana.
Trasladado al aula, ese mecanismo explica por qué observar a un docente resolver un problema en voz alta no solo transmite contenido, sino que también entrena en el que mira la capacidad de ponerse en el lugar de otro.
Un campo con historia académica propia
El pedagogo español Rafael Bisquerra definió hace dos décadas a la educación emocional como un proceso educativo continuo que busca potenciar el desarrollo de competencias emocionales como elemento esencial del desarrollo humano.
En el presente mediado por algoritmos, ese desarrollo adquiere una nueva dimensión. El libro de la investigadora Carina V. Kaplan retoma el planteo de la escuela como espacio capaz de intervenir sobre las heridas afectivas de sus estudiantes y sostiene que la capacidad de “ponerse en el lugar del otro” constituye un aprendizaje social que se cultiva a lo largo de toda la vida.
Su mirada se suma a la de especialistas que documentan cómo la carencia de una educación integral —emocional, no solo académica— se asocia a mayores niveles de bullying, ansiedad y conflictos de convivencia que impactan directamente en el rendimiento escolar.
Sin embargo, la escuela no puede sola a la hora de resolver algunas emociones como la soledad. Por ello, se busca trabajar en la idea de una educación en comunidad donde las familias y la sociedad en general tienen un rol clave de acompañamiento.
Lo que dice la evidencia
La estrategia con mayor cantidad de evaluaciones externas es Roots of Empathy (Raíces de la Empatía), creada en 1996 por la educadora canadiense Mary Gordon. Su mecánica consiste en que un bebé de entre dos y cuatro meses, junto a uno de sus padres, visita el mismo curso una vez por mes durante todo el ciclo lectivo. Un instructor certificado guía a los estudiantes para que observen el desarrollo del bebé y pongan en palabras sus sentimientos e intenciones, en sesiones que se completan con actividades antes y después de cada visita.
El programa cuenta con evaluaciones independientes en distintos países desde el año 2000. Un ensayo controlado aleatorizado realizado por la Universidad Queen’s de Belfast, en Irlanda del Norte, observó un aumento del comportamiento prosocial y una reducción de las conductas agresivas y difíciles, con indicios de que ese efecto se sostuvo hasta tres años después de participar en el programa.
Por otro lado, un estudio en Manitoba, Canadá, con diseño longitudinal acelerado, reportó una disminución de la agresión física e indirecta, también sostenida en el tiempo, junto con un aumento de conductas de compartir y ayudar entre compañeros. Una evaluación en Suiza, realizada entre 2015 y 2017, mostró una disminución significativa de la agresión y un aumento de la empatía frente a grupos de control.
En 2013, los investigadores David Comer Kidd y Emanuele Castano, de la New School for Social Research de Nueva York, publicaron en la revista Science una serie de experimentos en los que expusieron a distintos grupos de adultos a textos de ficción literaria galardonada, ficción popular, no ficción o ningún texto. Después les aplicaron pruebas estandarizadas de teoría de la mente, entre ellas el test de reconocimiento de estados emocionales a partir de fotografías de ojos. El experimento demostró que quienes habían sido llamados a leer ficción literaria lograron mejores resultados que el resto en todas las pruebas. Ese efecto fue más marcado cuando el texto podía calificarse como literario y no como ficción de consumo masivo. Leer fue clave para comprender mejor las emociones.
