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La historia del general Gregorio Aráoz de Lamadrid y el confuso episodio con una botella de vino

Una anécdota de las memorias del militar unitario relata cómo estuvo a punto de morir al confundir una botella de medicina con vino, en un hecho ocurrido en La Rioja entre 1830 y 1831.

El general Gregorio Aráoz de Lamadrid, militar destacado en la guerra de la Independencia y luego oficial del bando unitario en los conflictos civiles, dio nombre a la calle Lamadrid del barrio porteño de La Boca. La vía aparece en los planos de la ciudad desde 1866. En esa esquina, junto a la avenida Almirante Brown, funcionó la farmacia del inmigrante italiano Giuseppe Ragozza, quien llegó a Buenos Aires en 1873. Ragozza falleció en 1924.

El propio Lamadrid, en el primer tomo de sus memorias, relató un episodio que casi le cuesta la vida. Entre 1830 y 1831, mientras era gobernador de La Rioja, se encontraba en su despacho escribiendo cartas a autoridades de otras provincias. En ese momento, un ayudante ingresó con una maleta de medicamentos embotellados provenientes de Córdoba. Todas las botellas se colocaron en el suelo, excepto una que había sido abierta en el camino porque uno de los carteros se había enfermado. Por la distracción de Lamadrid, el ayudante puso ese envase sobre una mesa, al lado de una botella de vino que había sido abierta la noche anterior.

Alrededor de las dos de la tarde, el general pidió que le sirvieran el almuerzo en su despacho: queso de Tafí del Valle, charqui y huevos estrellados con tomate. Solicitó a su criado que le alcanzara el vino abierto, pero el hombre le pasó la botella con el remedio. Lamadrid bebió dos terceras partes de la botella y definió su contenido como “muy bueno” y “dulce”. Poco después, sufrió “calambres y dolores mortales por todo el vientre y el cuerpo” y pidió la presencia de un confesor.

Al darse cuenta de lo que había consumido, el militar cayó en la cuenta del error. Mientras tanto, las tropas del general, al creer que había sido envenenado, amenazaron con “pasar a cuchillo” al pueblo entero si moría. Un cura local, el padre Bermúdez, le recomendó bañarse en una “sangría de afrecho de trigo” (salvado y agua caliente) y frotarse todo el cuerpo hasta transpirar. Los calambres cesaron progresivamente y a la mañana siguiente el general se había recuperado.

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