A partir del sistema creado por Rolando Toro en la década del 60, la práctica se consolida como una herramienta integral para enfrentar las exigencias del ritmo de vida actual.
La búsqueda de alternativas para mitigar el impacto del estrés en las sociedades modernas ha llevado a la revalorización de técnicas integrales que combinan lo físico, lo emocional y lo vincular. Entre ellas, la biodanza acuática, una extensión del sistema biodanza, que se basa en la inmersión en agua a temperatura corporal para favorecer estados de renovación y conexión profunda.
Para entender esta modalidad, primero es necesario comprender su raíz. La biodanza fue desarrollada por el psicólogo, antropólogo y poeta chileno Rolando Toro Araneda en la década de 1960. La definió como un “sistema pedagógico para reaprender las funciones originarias de la vida”. El objetivo es potenciar lo mejor de lo humano para que cada individuo viva de manera creativa, responsable y en conexión con la vida.
La variante acuática comenzó a sistematizarse con mayor rigor a partir de los años 90. En este proceso tuvo una incidencia fundamental Eliane Matuk, facilitadora brasileña y codirectora de la Escuela Modelo de Biodanza en Milán. Las primeras experiencias se dieron en aguas marinas cálidas y calmas, pero luego fueron adaptadas para piscinas cubiertas, permitiendo su práctica en cualquier lugar del mundo.
En la Argentina, el desembarco de la biodanza se produjo entre los años 80 y 90, consolidándose a través de una red de escuelas que hoy suma veinticinco instituciones en todo el país. Entre sus pioneros se destaca Norberto López Boeme, director de la Escuela del Abasto en Buenos Aires. “Hoy existen más de un centenar de facilitadores de biodanza acuática en la Argentina”, cuentan Carlos Silva y Cristina Peralta, facilitadores y didactas del sistema en la localidad de Moreno, lo que da cuenta del crecimiento y la aceptación de esta disciplina en el ámbito local.
A diferencia de una clase convencional en salón, esta modalidad acuática aprovecha las propiedades físicas del agua para profundizar la experiencia. Se realiza en piscinas donde se hace pie en toda su extensión, con el agua a una temperatura de entre 35 y 36 grados, similar a la del cuerpo humano. Karina Gabriela Martínez, facilitadora y practicante, destaca que esta temperatura es clave porque ayuda a la entrega y a la relajación, brindando una “experiencia oceánica que nos invita también a volver al origen de cuando nadábamos en el líquido amniótico de nuestra madre”.
La metodología no requiere saber nadar y se desarrolla habitualmente en sesiones que duran entre tres y cinco horas. El proceso incluye una integración grupal inicial, muchas veces fuera del agua, seguida de la inmersión donde se realizan rondas, caminares y danzas individuales o en pares, siempre inducidas por música seleccionada. El objetivo principal, explican Silva y Peralta, es “estimular vivencias de regresión al origen mediante la inducción de estados de trance en el agua”, lo que permite acceder a una expansión de la conciencia y a una vitalidad profunda.
Para los especialistas, el grupo funciona como una “matriz” o campo de resonancia. No se trata de un ejercicio aislado, sino de una práctica de vinculación humana. Al finalizar la actividad en la piscina, se realiza un breve relato grupal para integrar lo experimentado. Según Martínez, el efecto es inmediato: “Nuestros sistemas nervioso e inmunológico se fortalecen y armonizan. Flotar en el agua permite soltar las cargas emocionales y conectarnos con la belleza de la vida”.
El impacto de la biodanza acuática en el organismo es múltiple. En un contexto social marcado por la urgencia y el rendimiento individualista, los facilitadores coinciden en que la técnica ofrece un auténtico refugio. Entre los efectos más notorios se encuentran la reducción de los niveles de cortisol (la hormona del estrés), la disolución de tensiones motoras crónicas y la mejora en la calidad del sueño.
Desde una perspectiva clínica, existen investigaciones académicas que respaldan su eficacia en la disminución de estados de ansiedad y el fortalecimiento de la autoestima. La técnica se ha adaptado incluso para colectivos específicos, como personas no videntes, adultos mayores o pacientes con enfermedades crónicas. “Es muy buena para personas con fibromialgia, ya que ayuda a conectar con los potenciales de vida que existen en cada uno, generando estímulos en un contexto afectivo”, afirman los facilitadores de Moreno.
La práctica también actúa como un antidepresivo natural al elevar el humor endógeno y activar la espontaneidad. Según explica Martínez, la tranquilidad que brinda el medio acuático impacta incluso en la toma de decisiones cotidianas, ya que “disminuye en nosotros la alerta y el estrés que frecuentemente nos habita”, permitiendo que las personas se sientan más ligeras y conectadas con su esencia.
La biodanza acuática se presenta como un proceso de aprendizaje y recuperación del placer de vivir. Silva y Peralta son directos al respecto: “Dado que nos encontramos inmersos como sociedad en un sistema vertiginoso de exigencias, que produce altos niveles de insatisfacción y soledad, podemos afirmar que esta actividad es para todos”.
Esta técnica busca romper con el aislamiento y recuperar la confianza a través de un medio que es, por definición, acogedor. Como sostiene su filosofía, la vida en el planeta y la vida de cada ser humano comenzaron en el agua. Así, se propone un paréntesis al ruido externo, como una invitación a recuperar el movimiento vital y el vínculo con los demás en un entorno de cuidado.
