En Finlandia, enseñar es una carrera universitaria prestigiosa con formación rigurosa. En Argentina, predominan los institutos superiores. ¿Es momento de debatir un cambio?
En Finlandia, enseñar no es una alternativa residual ni una ocupación de baja exigencia. Es una carrera universitaria, socialmente prestigiosa y sostenida por una formación rigurosa. En la Argentina, en cambio, predominan ampliamente los institutos superiores de formación docente: según un informe de julio de 2025 de Argentinos por la Educación, en 2024 existían 1.492 institutos.
Hace más de una década señalé en este mismo espacio que la principal diferencia no pasaba por la cantidad de días de clase ni por la coyuntura de los paros docentes, sino por la jerarquización de la docencia y la formación de quienes enseñan. A lo largo de los años, nuestra realidad educativa me ha llevado a insistir en diversas columnas sobre una misma propuesta: no hay motivo para que la docencia no sea una carrera universitaria.
Vale la pena, entonces, volver la mirada hacia Finlandia. No para repetir un elogio rutinario del “modelo finlandés”, ni mucho menos para sugerir que las instituciones se trasplantan como piezas intercambiables. Finlandia importa por algo más simple e importante: muestra qué sucede cuando un país decide tomarse en serio a sus docentes.
Según Education Finland, la docencia es una carrera universitaria y, en la educación primaria y secundaria, requiere título de maestría. No se trata sólo de estudiar más años. La formación está orientada por la investigación y apunta a preparar profesionales capaces de trabajar con autonomía, criterio y responsabilidad. Ese es el rasgo central del caso finlandés.
La autonomía de los docentes no aparece como una concesión improvisada. Descansa sobre una formación de alta calidad. No es casual que Eurydice, la red de información educativa de la Unión Europea, describa sus métodos de formación como centrados en el alumno y basados en la investigación. Los maestros deciden métodos de enseñanza, materiales y formas de evaluación, y participan también en decisiones curriculares y escolares. La confianza en el docente no reemplaza a la exigencia; es consecuencia de ella.
La comparación con la Argentina es inevitable. Mientras aquí seguimos discutiendo la educación a partir de sus consecuencias visibles, Finlandia nos recuerda que la calidad del sistema comienza mucho antes: en la formación de quienes tendrán la responsabilidad de estar frente al aula.
Si de verdad se pretende jerarquizar la docencia, el debate no puede limitarse a la estructura administrativa ni tampoco al salario, aunque un salario acorde resulta indispensable. Debería centrarse en la cuestión de fondo: quiénes ingresan a la profesión, bajo qué exigencias se forman y qué nivel académico estamos dispuestos a considerar razonable para quienes tendrán a su cargo la educación de las próximas generaciones.
No se trata de copiar a Finlandia. Se trata, sencillamente, de aprender una lección básica: un sistema educativo no habrá de mejorar en forma sostenida si no coloca la formación docente en el centro de su agenda. Y eso en la Argentina no sucede. No se trata de desconocer la trayectoria de los institutos de formación docente ni de imaginar reformas abruptas, sino de asumir que la calidad del sistema educativo difícilmente pueda superar la calidad de quienes enseñan en él.
Por ello, si de verdad se pretende jerarquizar la docencia, ha llegado la hora de dar un debate largamente evitado: si la formación docente no debería orientarse progresivamente hacia un formato universitario, con exigencias, responsabilidades y remuneraciones acordes.
