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Día 880: El poder y sus límites, una mirada al liderazgo de Milei

Un análisis sobre el comportamiento del presidente Javier Milei en el contexto del escándalo Adorni, inspirado en la película ‘La Caída’ y las dinámicas del poder autoritario.

La escena más inquietante de la película «La Caída» (2004), de Oliver Hirschbiegel, es la de Adolf Hitler perdiendo contacto con la realidad mientras todos a su alrededor fingen obedecerle. Ese mecanismo psicológico, según algunos analistas, podría estar reflejándose en las actitudes del presidente Javier Milei: gritos, paranoia, furia permanente y un entorno que parece incapaz de ponerle límites.

El caso Adorni no solo expone un posible escándalo de corrupción, sino también el deterioro emocional de un poder que se siente acorralado y responde con más irascibilidad. Cuando un líder empieza a vivir cualquier crítica como una traición personal, deja de gobernar para empezar a defenderse psicológicamente, negando cada vez con más fuerza la realidad.

La película «La Caída» impactó al público mundial por mostrar a Hitler desde una perspectiva humana y psicológica durante sus últimos días en el búnker de Berlín en 1945. La interpretación de Bruno Ganz fue considerada extraordinaria, basada en las memorias de la secretaria personal de Hitler, Traudl Junge, y en trabajos del historiador Joachim Fest. Ganz explicó que para interpretar convincentemente al personaje necesitó dejar de lado el odio y tratar de comprender emocionalmente cómo funcionaba la mente de un dictador en su peor momento. El actor no buscaba justificar los crímenes del nazismo, sino entender psicológicamente al personaje para transmitirlo.

Algo de esa lógica universal puede verse alrededor de las actitudes de Milei. No en términos históricos absolutos —no se compara a Milei con la figura histórica de Hitler—, sino tomando rasgos universales del ejercicio de un poder autoritario para observar comportamientos. En la reciente entrevista que dio a Luis Majul y Esteban Trebucq por el escándalo Adorni, apareció un presidente visiblemente irascible, acelerado, cada vez más intolerante a cualquier duda o matiz, mientras Trebucq mostraba gestos corporales de resignación que recuerdan a los generales de «La Caída» cuando escuchaban órdenes militares imposibles de ejecutar.

Nadie contradice del todo al líder. Nadie lo enfrenta frontalmente. Pero los cuerpos hablan. Los silencios hablan. Las miradas hablan. La política también se expresa a través de esas microescenas donde un sistema empieza a revelar el agotamiento psicológico del líder. Tal vez el momento de mayor peligro con los liderazgos personalistas no sea su momento de auge, sino el momento en que empiezan a perder el poder. «La diferencia entre un loco y un genio es el éxito», dijo alguna vez el propio Presidente. Los rasgos excéntricos que son celebrados mientras el líder asciende al poder se vuelven intolerables cuando la fortuna abandona al príncipe, parafraseando a Maquiavelo.

Un líder necesita contrapesos para ser equilibrado. Necesita de alguien que esté dispuesto a decirle que no algunas veces. Los líderes autoritarios, que se rodean de aduladores y personas que le dicen que sí a todo, pierden toda conexión con la realidad. Cuando el poder elimina todos los filtros internos, el líder queda encerrado dentro de una realidad editada a su medida. En la jerga política argentina, esto se conoce como «el diario de Yrigoyen», en alusión a la leyenda según la cual el expresidente Hipólito Yrigoyen recibía un diario especialmente confeccionado por sus colaboradores, donde solo aparecían buenas noticias y una realidad política distorsionada para evitar disgustarlo. Más allá de cuánto haya de mito o verdad histórica, la expresión quedó instalada como símbolo de los gobiernos que terminan aislando a sus líderes dentro de una burbuja de información manipulada.

Quizás uno de los personajes necesarios para ese equilibrio en el gabinete de Milei haya sido Guillermo Francos. Esto resalta todavía más el error de haberlo reemplazado en la jefatura de Gabinete por Manuel Adorni.

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