Desde el Senado romano hasta las redes sociales, la adulación al poder es una constante histórica. En Argentina, el fenómeno se ha modernizado sin perder su esencia.
La costumbre de aplaudir, adular y no contradecir a quien manda es tan antigua como la política misma. Ya en la antigua Roma, el emperador Calígula elevó a su caballo Incitatus al rango de cónsul, y los senadores, lejos de rebelarse, competían por halagar al animal. Cada copa levantada en su honor era una abdicación de la dignidad senatorial, una muestra de obediencia incondicional. La humillación, como señaló el historiador, era la verdadera moneda de cambio del despotismo.
En la Argentina actual, la obsecuencia ha encontrado nuevos canales. Durante el kirchnerismo, se perfeccionó la figura del “intelectual obsecuente” a través de programas como 678, donde académicos y artistas justificaban indicadores económicos falsos y fortunas inexplicables. La sumisión no era solo al líder, sino al “Relato”. Hoy, en el Congreso, se repite el mismo esquema: cuando un ministro entra en crisis, la bancada oficialista actúa como una hinchada, aplaudiendo y coreando consignas. La escenografía cambió: ya no hay togas ni mármoles, sino micrófonos y celulares. Pero la disposición de los cuerpos sigue siendo la misma: arrodillados ante el poder.
La obsecuencia digital es la nueva versión de esta cofradía milenaria. En redes sociales, los aduladores compiten por ser vistos por las autoridades, tuiteando con la misma servidumbre con que el senador romano acariciaba al caballo cónsul. Sin embargo, la historia muestra que la sumisión es un contrato de alquiler, nunca de propiedad. Cuando el líder muestra debilidad, los primeros en denunciarlo son aquellos que más fuerte aplaudieron. Así ocurrió con Calígula, asesinado por su propia guardia pretoriana, y con Stalin, que ejecutaba a los mismos que lo ovacionaban durante horas.
